Envío 354
LA BELLEZA, A VOTACIÓN
La Alhambra de Granada, que sigue dentro de los ojos de todo el que la ha visto, se ha quedado fuera de las siete maravillas del mundo. Cuestión de votos. A un hábil negociante se le ocurrió la idea de aplicar la democracia a la belleza y se las maravilló muy bien ya que más de cien millones de personas aceptaron el plebiscito. Como en Brasil vive mucha más gente que en Grecia obtuvo plaza el Cristo del Corcovado y no la Acrópolis. Naturalmente, en China, donde vive más gente que en ninguna otra parte, se volcaron votando a la Muralla China, cosa que no hubieran hecho si la edifican en otro sitio.
La belleza, a pesar de ser siempre una evidencia, es opinable, pero el sistema de las papeletas quizá no sea el mejor para definirla. Claro que tampoco lo fue cuando el noble pueblo, que se dice que siempre tiene razón, prefirió amnistiar a Barrabás, que era un avezado criminal, y condenar a Jesús de Nazaret, que predicaba infructuosamente eso de que todos los hombres somos hermanos. Tampoco parece que el procedimiento fuera acertado cuando Hitler ganó arrolladoramente las elecciones que le llevaron al poder. Es lo malo de la democracia, que sigue siendo el mejor sistema de los conocidos. Si en Alcalá Meco, por ejemplo y por no irnos tan lejos, se somete a votación si es lícito delinquir, ganan los delincuentes por mayoría absoluta.
En vez de sentirnos decepcionados, los españoles debemos sentir el deseo de ir, inmediatamente, en cuanto podamos, a Granada. A ver otra vez la Alhambra, que siempre se ve por vez primera. Es «el libro mejor encuadernado del mundo», la diadema de la prodigiosa ciudad. Su hermosura es irrefutable, junto al mirto y el mármol redondo, entre los dialectos del agua reclusa. En cuanto pueda yo me llego a Granada, no para desagraviar a la Alhambra, sino para ensanchar mi viejo corazón.
(Manuel Alcántara, La Voz de Cádiz, 10 de julio de 2007)