Envío 334
“A medida que vas creciendo en la vida lo urgente es reemplazado por lo importante”.
(Abraham Maslow)
“A medida que vas creciendo en la vida lo urgente es reemplazado por lo importante”.
(Abraham Maslow)
“Es menester fijar ahora los límites de la amistad y, por decirlo así, los lindes del afecto. Sobre éstos veo que hay tres opiniones, ninguna de las cuales apruebo: una, que tengamos para con el amigo los mismos sentimientos que para con nosotros mismos; la segunda, que el amor que a los amigos tengamos corresponda exactamente al que ellos nos tengan; la tercera, que la estima que uno tiene de sí sea la misma en que le tengan sus amigos”.
(Lelio de la amistad, Marco Tulio Cicerón)
El señor de las bestias
De pequeña yo quería un perro, pero mi padre dijo que no y tuve que conformarme con una pareja de periquitos que lo más que hacían era espurrear mijo y despelucharse.
Luego me tocó a mí ser la madre de los niños que querían perro, dije que no y empezó la época de los sucedáneos. Vinieron primero los canarios, tan longevos que se han aburrido hasta de cantar, y yo venga a limpiar caca de pájaro. Luego fueron los hámsters, con una perversa tendencia a morir entre convulsiones y saliéndoseles los ojos. Después los peces: nadie sabe lo pronto que cría verdín una pecera. Llegaron también las tortugas. A las primeras, Ulises y Penélope, las soltábamos para jugar al escondite. Un día se perdieron para siempre. Sólo apareció un caparazón cuando vinieron a arreglar el bidé. Con Évora la cosa fue diferente: el pequeño galápago crecía a ojos vistas. Un amigo comentó que las tortugas crecen cuando son felices. Pero Évora es demasiado feliz (Dios me perdone): ha convertido mi piso en su tortuguero. A cambio me ha hecho descubrir la ternura del reptil: se deja acariciar la cabeza, y, de puro gusto, se le descuelgan las patas. Conchín, el conejo chino enano, no sé si será chino pero dejó de ser enano en cuanto le dimos de comer. Hubo que tirar la mini jaula y restituirle su libertad: con ella se dedica a comerse los cables de la tele y el teléfono. En cuanto a gusanos de seda, mi casa está declarada reserva natural del hábitat para la metamorfosis. Sólo me fastidia ser siempre yo la que va de peregrinación en busca de de hojas de morera.
Y así llegó la claudicación: EL DÍA DEL PERRO. Mis hijos me juraron por lo más sagrado que ellos se harían cargo de todo, lo alimentarían, lo lavarían, lo sacarían tres veces al día de paseo. Ja. Lo habrán sacado tres veces, sí, pero Aga-Can va para los nueve años. Es un yorkshire. Al principio no les dejábamos sacarlo porque eran demasiado pequeños. Ahora no les da la gana de pasearlo porque Aga-Can no mola: un quinceañero se pasea con un pastor alemán o con pittbull, pero se ve ridículo sacando a un perrillo enano con ladrido de maricuela. Lo más gracioso es cuando mis hijos se traen amigos a casa y exhiben nuestro animalario como quien hace el numerito del Señor de las Bestias (y yo aquí, de esclava del señor, venga a fregar porquería de animales).
En esos momentos simpatizo con mi Aga-Can, que pasa olímpicamente de nosotros, mea donde quiere (incluso en las piernas de los invitados), jamás muestra habilidades bajo coacción y ante testigos, y, en fin, haciendo honor a su nombre, se comporta como si fuera de la jet: como un auténtico desaprensivo. Mañana será otro día.
(Ana Sofía Pérez Bustamante)