Envío 311
“Alguien que sufre antes de lo necesario, puede que sufra más de lo necesario”.
(Séneca)
“Alguien que sufre antes de lo necesario, puede que sufra más de lo necesario”.
(Séneca)
El suicidio de África
África es un excelente ejemplo de cómo, a menudo, no hay peor cura para un enfermo que la supuesta buena voluntad de quien, erigiéndose en doctor sin ser más que curandero, se esfuerza en aplicar sus remedios más para sanear su conciencia que para devolverle la salud a quien se ha puesto en sus manos. Las cifras desmienten la eficacia de esos esfuerzos: África es el único continente del mundo que está hoy peor que hace 40 años. También se ha convertido en el disfraz perfecto de aspirantes al Nobel como Bob Geldof. Sus documentales para la BBC -escritos y filmados con una propensión a la cursilería estomagante- presentaban a África como una hermosa inválida cuyas enfermedades proceden de la actitud de Occidente. Casi se exige a Occidente que remedie lo que causó. Por supuesto, Geldof decía poco acerca de las barbaridades de los dirigentes africanos, de su incapacidad democrática, de las pérdidas de dinero donado que sólo han servido para hacer más ricos a los ricos.
Para entender por qué África, como se decía en los documentales de Geldof, se muere, hay que leer un libro tan impolíticamente correcto y convincente como Negrología, de Stephen Smith, editado por Debate y subtitulado Por qué África muere. Smith parte de la convicción de que liberar de su responsabilidad a los africanos, como si el continente tuviera la misma capacidad de decisión que los párvulos de una guardería, es entender que hay una conspiración universal para que África no levante cabeza. Los hechos son de una obscenidad apabullante: desde los años 60, cuando cobraron independencia muchos Estados, la mayoría de los países africanos han sido controlados por tiranos abyectos y exuberantes que han llenado volúmenes y volúmenes con sus anécdotas histriónicas y sanguinolentas.
Miles de ministros corruptos y funcionarios sin escrúpulos se enriquecieron hundiendo a sus países, decenas de guerras civiles sembraron la tierra de cadáveres: apenas ha habido un atisbo de constitución de sociedad civil lo suficientemente poderosa como para que en algún lugar de aquella tierra pueda hablarse de la existencia de un Estado. La élite intelectual huye en pos de una vida menos sujeta a la voluntad de un tirano, una mafia o a los encantos salvajes de la absoluta inoperancia.
Identificar el mal que atenaza a África con Occidente es liberar a los africanos de la responsabilidad de los pueblos de inventarse un destino. Una circunstancia que aprovecha la religión islámica para ganar territorios (Sudán, por ejemplo).
No es extraño que el libro de Smith haya exasperado a lo que llama negrólogos, blancos y negros amigos de África que la liberan de toda su responsabilidad. Sus ejemplos les hará temblar: 400.000 ciudadanos de Sierra Leona viven en Londres y Estados Unidos, mientras el país carece de masa crítica.
La conclusión de Smith es tajante: la élite africana no cree en su continente, pero se instala en la esquizofrenia exacerbada por el racismo del que es víctima en los países de acogida. Estos acaban por ser culpables de las desgracias de sus patrias.
Smith trata de combatir una doble hipocresía: la de los occidentales que no dicen la verdad a los africanos, aunque saben que están condenados a menos que cesen en su colectiva labor de autodestrucción (hitos: el genocidio tutsi, un episodio espeluznante que puede rastrearse en las obras de Philip Gourevitch y de Jean Hatzfeld); y la de los africanos que, “encaramados en su dignidad de hombre negro”, rechazan cualquier crítica radical para no perder la pensión alimenticia que obtienen del sentimiento de culpa de Occidente.
Lo dijo Jean Paul Ngoupandé en 2002: “Reventemos si ése es nuestro deseo, pero no culpemos a nadie más que a nosotros mismo”. Negrología es un libro imprescindible que demuestra que África se muere de un suicidio asistido por sus amigos.
(Juan Bonilla)
“Cuando Woody Allen eligió él mismo el vestuario y el maquillaje de Scarlett Johansson en Match Point sabía lo que se hacía. Había que desviar la atención del espectador de sus pechos y de su boca para concentrarla en los ojos de la chica porque allí arriba, en esa mirada de alta precisión y de triple filo, es por donde ocurría la película. Nada de distracciones narrativas por el sur de Scarlett. La prueba es que Woody, que aunque no lo parezca es un metomentodo, hizo justamente lo contrario con los vestidos que su protagonista tenía que lucir durante toda la promoción. Una Lolita del nuevo milenio disfrazada de vamp cinematográfica del siglo pasado. La fórmula comercial infalible”.
(Juan Cueto)
La noche es coca
«La noche es coca, tía». Eso dice mi amiga Carmen, en una siguiriya electrónica que ha compuesto con todo el arte del mundo. La noche es coca. Ni joven, ni larga, ni loca, ni ná. Pura coca. Cocaína, digo, por si alguien no me ha querido entender. Cocaína p´arriba y cocaína p´abajo. En los bares y en la calle. Gente mirándose, al acecho por ver quién se va al baño. Gente que no para de mandibulear, de hablar sin escucharse, de beber sin emborracharse. Gente que no para de hacer cosas para acabar la noche sin haber hecho nada.
Ya la coca pertenece a todos, no es ni de gente de dinero, ni de artistas, ni de intelectuales. Ni siquiera tiene el desolador encanto de lo marginal. La coca es democrática, es la droga del funcionario. Sirve para hacer que uno crea que lo mediocre se puede convertir de una esnifada en algo especial y poderoso. Por eso es más devastadora que el caballo. Porque es mentirosa. Porque la gente todavía piensa que tiene caché, que tiene glamour. Ya ves tú, qué glamour. El propio ritual no puede ser más cutre y desangelado: la tapa de un váter.
La noche es coca, no se engañen, ni los que están alrededor, ni los que están dentro, creyéndose tan importantes. Pura coca, pura ansiedad, pura inquietud, pura insatisfacción, pura incomunicación, pura mierda.
(Ana López Segovia)
QUEDA PROHIBIDO
¿Qué es lo verdaderamente importante?
Busco en mi interior la respuesta,
y me es tan difícil de encontrar.
Falsas ideas invaden mi mente,
acostumbrada a enmascarar lo que no entiende,
aturdida en un mundo de falsas ilusiones,
donde la vanidad, el miedo, la riqueza,
la violencia, el odio, la indiferencia,
se convierten en adorados héroes.
Me preguntas cómo se puede ser feliz,
cómo entre tanta mentira se puede vivir;
es cada uno quien se tiene que responder,
aunque para mí, aquí, ahora y para siempre:
queda prohibido llorar sin aprender,
levantarme un día sin saber qué hacer,
tener miedo a mis recuerdos,
sentirme solo alguna vez.
Queda prohibido no sonreir a los problemas,
no luchar por lo que quiero,
abandonarlo todo por tener miedo,
no convertir en realidad mis sueños.
Queda prohibido no demostrarte mi amor,
hacer que pagues mis dudas y mi mal humor,
inventarme cosas que nunca ocurrieron,
recordarte sólo cuando no te tengo.
Queda prohibido dejar a mis amigos,
no intentar comprender lo que vivimos,
llamarles sólo cuando les necesito,
no ver que también nosotros somos distintos.
Queda prohibido no ser yo ante la gente,
fingir ante las personas que no me importan,
hacerme el gracioso con tal de que me recuerden,
olvidar a toda la gente que me quiere.
Queda prohibido no hacer las cosas por mí mismo,
no creer en mi dios y hacer mi destino,
tener miedo a la vida y a sus castigos,
no vivir cada día como si fuera un último suspiro.
Queda prohibido echarte de menos sin alegrarme,
olvidar los momentos que me hicieron quererte
todo porque nuestros caminos han dejado de abrazarse,
olvidar nuestro pasado y pagarlo con nuestro presente.
Queda prohibido no intentar comprender a las personas,
pensar que sus vidas valen más que la mía,
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha,
pensar que con su falta el mundo se termina.
Queda prohibido no crear mi historia,
dejar de dar las gracias a mi familia por mi vida,
no tener un momento para la gente que me necesita,
no comprender que lo que la vida nos da, también nos lo quita.
(Alfredo Cuervo)
Héroes
Hace dos domingos no era posible encontrar una habitación de hotel libre en Barcelona, porque Fernando Alonso corría en el circuito de Montmeló y la ciudad estaba llena de aficionados. En los pasillos de mi hotel me crucé con jóvenes y no tan jóvenes que gritaban y se reían como si estuvieran participando en un alegre botellón. Y el domingo pasado, media Sevilla estuvo paralizada durante casi dos días para que Fernando Alonso, escenificando su Roadshow, se pusiera a correr a 230 kilómetros por hora por las mismas calles por las que los padres tienen que llevar a sus hijos al colegio. El proceso de infantilización de nuestra sociedad avanza a la misma velocidad que los monoplazas de la Fórmula1. Ahora mismo debemos de tener una edad mental de siete años. Y al paso que vamos, dentro de siete años habremos alcanzado la edad mental de un bebé.
Algunos ingenuos se sorprenden de que Fernando Alonso se haya convertido en una persona esquiva, huraña y desdeñosa. Pero ¿qué quieren? Ante este hombre, cuyo único mérito consiste en conducir a velocidades estrambóticas por algunos de los lugares más horribles del mundo, se arrastran reyes, políticos, alcaldes, grandes multinacionales y cadenas de televisión. Las ciudades se paralizan en su honor y los ciudadanos sufren con un prudente silencio, como si se tratara de hemorroides, las molestias que causa su presencia. Y encima es joven, guapo y multimillonario (aunque quizá, en proporción a lo que gana, pague muchos menos impuestos que usted y yo: la ley es muy benévola con los héroes). En estas circunstancias, lo más normal es que a cualquiera se le vaya la olla.
Quizá yo sea anticuado y cascarrabias –lo soy–, pero no entiendo por qué Fernando Alonso se ha convertido en un héroe de nuestra sociedad. El mérito real, el heroísmo diario, la verdadera importancia social, no tiene nada que ver con sus vacuas exhibiciones de velocidad. ¿Quieren saber qué clase de personas deberían despertar nuestra admiración y nuestro entusiasmo? Pues bien, piensen en una maestra que se empeña en educar a treinta niños malcriados durante ocho horas seguidas. Piensen en un médico que se obstina en hacer bien su trabajo sin que nadie se lo agradezca. Piensen en un funcionario que no se deja vencer por la desidia. Piensen en un barrendero minucioso que recoge la porquería que los demás vamos dejando atrás. Piensen en un juez escrupuloso, en un conductor responsable, en un policía que se juega el tipo por un salario de risa. Piensen en un político que no se deja comprar por un constructor (sabiendo que tantos otros lo hacen y no les pasa nada). Piensen en un voluntario que intenta hacer tolerable la vida de los inmigrantes que llegan a nuestras costas. Piensen en una madre con tres hijos y un sueldo ridículo y un piso de cuarenta metros cuadrados y un marido que se fue a comprar tabaco. Ellos sí que se merecen los aplausos. Y en cuanto a Fernando Alonso, me temo que su heroísmo sólo tiene sentido en unos escenarios tan desolados e inhumanos como son los circuitos de alta velocidad, esos lugares donde no hay, ni habrá nunca, un solo atisbo de dolor y dignidad y belleza. Lo siento mucho, pero la vida de verdad está en otra parte.
(Eudardo Jordá, Diario de Cádiz, 23/05/06)
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Con bultos
Abre bien los ojos y las verás: están por todas partes, aunque su modestia hace que se fundan con el entorno y pasen inadvertidas. Me refiero a las mujeres con bultos. Suelen tener una edad indefinida, por lo general más bien madura, pongamos entre los cuarenta y los sesenta. Por supuesto, no saben conducir y no tienen coche, de ahí lo de los bultos que siempre acarrean de un lugar a otro: baratas mochilas deportivas, bolsas de plástico. Suelen vivir en el extrarradio de las ciudades y trabajar muy lejos de su hogar (como asistentas, o cuidadoras de ancianos, o auxiliares de clínica en los hospitales), de manera que transportan sus bultos de acá para allá en largos trayectos combinados de metro y autobús. Otras no trabajan, es decir, no poseen un empleo ni reciben sueldo, pero se desloman igual, atravesando el mundo para cuidar a los nietos mientras la hija se marcha a la oficina, o para dar de comer a los padres viejos y limpiarles la casa. Y siempre van con las manos llenas de bolsas, porque llevan y traen ropa para lavar, y hacen la compra en un hiper lejano porque es más barato, y transportan cosas, y hacen recados.
Deben de ser bastante pesados esos bultos, o al menos engorrosos de llevar durante largos trayectos, pero estas mujeres son briosas y resueltas, y si no son fuertes al menos son estoicas, capaces de aguantar lo que les echen. Es más, caminan siempre apresuradas por la calle, porque tienen demasiadas cosas que hacer y no pueden perder el tiempo lamentándose. Años de costumbre han hecho que acarreen sus bultos como si formaran parte de sus brazos. Suelen ser señoras pequeñas, algo rollizas, a veces emigrantes, mujeres vitalistas y animadas, mujeres extremadamente generosas, abnegadas cuidadoras de todo el mundo. El otro día vi a una en un hipermercado junto con su hijo. Ella cargaba un par de bolsas en cada mano, y a su lado el gamberrillo del muchacho, de unos diecisiete espigados años, iba sin nada. Nadie las tiene en cuenta, pero son un poderoso motor social y de ellas dependen innumerables familias. Abre bien los ojos y míralas: siempre tan afanosas y tan silenciosamente entregadas a hacer lo que deben. Admirables y heroicas mujeres con bultos.
(Rosa Montero, El Paísm 23/05/06)
Todo tiene su momento;
y todo cuanto se hace debajo del sol tiene su tiempo.
Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir;
un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado;
un tiempo para matar y un tiempo para curar;
un tiempo para destruir y un tiempo para edificar;
un tiempo para llorar y un tiempo para reír;
un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar;
un tiempo para esparcir las piedras
y un tiempo para amontonarlas;
un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse;
un tiempo para buscar y un tiempo para perder;
un tiempo para guardar y un tiempo para tirar;
un tiempo para rasgar y un tiempo para coser;
un tiempo para callar y un tiempo para hablar;
un tiempo para amar y un tiempo para odiar;
un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz.
(Eclesiastés; 3, 1-8)
-¿Estás enamorado?
-Ja, ja, ja.
-Sí, contame. ¿Estás enamorado?
-Sólo voy a declarar mi nombre y mi número de cédula.
-No seas tonto… soy tu mujer… tu ex mujer.
-¿Y tú aún estás enamorada de ese gil que te mantiene?
-Oli, no empieces.
-¿Te hace… de saliva como te hacía yo, eh?
-Ja, ja, ja… no has cambiado nada. ¿Cuándo vas a dejar de ser un chico?
-¿Para qué?
-Bueno en serio, contame. ¿Estás con una mujer o seguís buscando a la que vuela?
-Es muy difícil.
-¿Qué?
-El amor. ¿Cómo amar sin poseer? ¿Cómo dejar que te quieran sin que te falte el aire? Amar es un pretexto para adueñarse del otro, para volverlo tu esclavo, para transformar su vida en tu vida, ¿cómo amar sin pedir nada a cambio, sin necesitar nada a cambio?
-Si no hubiera pasado el tiempo, sentiría que me estás haciendo un reproche. Pero en realidad creo que estás asustado y si estás asustado es porque algo fuerte te está pasando. Casi siempre el error que cometemos, es sólo pensar lo que nos pasa a nosotros, nos parece tan importante eso que sentimos, que nada de lo del otro parece ser tan importante como eso que sentimos, y esa contradicción suele ser trágica.
-Si no hubiera pasado el tiempo, pensaría que estás siendo autocrítica.
-El error más común que cometemos todos, es querer que el otro sea como queremos que sea y no como es. Y cuando nos damos cuenta del error, a veces es demasiado tarde. Pero no tengas miedo Oli, no es bueno estar solo, uno envejece antes. ¿Quién es ella?
-Es una historia complicada…
-Pelea, no pienses sólo en recibir cosas… Pensá, ¿que está ella necesitando de vos? ¿Qué espera que le des vos?
-Dólares.
(El lado oscuro del corazón, Eliseo Subiela)
Retiro sentimental
En mi familia no se dijo nunca “te quiero”.
Jamás oí decir “lo siento” a mi padre o a mi madre.
No sé si era vergüenza:
una ternura demasiado estridente para enser cotidiano.
¡Incluso leer poemas! Eso sí que era algo sospechoso,
tanto como una mancha repentina o un suspiro o una
puerta cerrada con demasiada llave.
Nunca “amor”, “estoy triste” o “te echaré de menos”,
¡podía uno reirse de esas cosas!
Entiendo que hay un pacto tácito de pudor en algunos afectos,
y no obstante
yo hoy llamo a eso la incomodidad con todo lo cercano.
La amputación de lo sentimental, estoy de acuerdo,
nos hace manejables los rituales difíciles de convivir;
una pequeña argucia.
Así el templo: las fórmulas, nada de desgarrarse.
En el templo, en la casa, como en un hospital,
es necesaria la asepsia de los gestos repetidos, seguros:
procura ser feliz de manera privada.
Y, como añadidura, está el saqueo
de palabras por parte de películas y canciones idiotas
y esas niñas con novios revoltosos en un parque,
entre arbustos enanos.
Y hay quien gustan mucho las escenas
y tocar la guitarra sentimental de todos los salones
y de todas las playas adolescentes,
lánguidas igual que un verano despacioso,
mientras algunos más nos quedamos a solas,
bebiendo (y arrugados como estúpidos plátanos),
pensando qué decir.
En mi casa jamás se dijeron en alto las cosas importantes.
Busca hoy dentro de ti una lágrima, un gesto de ternura:
ya se nos hizo tarde para esas tonterías.
(José Luis Piquero)
“No seas demasiado dulce: te tragarán. Pero no seas demasiado amargo: te escupirán”.
(Proverbio arameo)
No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Esta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba de comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa!¡María Luisa!”… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes… la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
(Oliviero Girondo)
“Todo lo que vemos muy claramente, sin posibilidad de ponerlo en duda, no es más que una pura mentira, un engaño, una ilusión óptica. Conocer algo es arrancarse la venda de las obviedades e ir más allá de lo que se puede percibir con los sentidos. Y cuando te arrancas la venda es cuando empiezas a experimentar la realidad, que es una forma de conocer más profunda y auténtica”.
(Daniel Heredia)
“Siempre he pensado que el varón debe sentirse orgulloso por dos cosas: por los amigos que darían la vida por él y por las mujeres por las que él daría la vida”.
(Arturo Pérez-Reverte)
La chica de los coches de choque
En los coches de choque te conocí,
el verano asomaba ya la nariz.
Cruzar el descampado hacia la libertad.
¡Qué mayor soy contigo! Me llaman a cenar.
En los coches de choque te conocí;
la más guapa del barrio, yo un aprendiz.
Los pantalones cortos no me quiero poner.
Si tengo novia y fumo, un hombre debo ser.
Mientras dure la feria,
te puedo tener.
Si suena la sirena
te puedo perder.
Un cochecito enano
para los dos.
Echa chispas la barra
como mi corazón.
En septiembre la feria se desmontó,
de pantalones largos mi corazón.
Fumando en la explanada yo te esperé,
la luna fue testigo; yo no supe crecer.
Soy un coche de choque descontrolao
que va creciendo a golpes y rebotao.
Con la feria que viene tembién me iré
y en mi coche de choque te buscaré.
Mientras dure la feria,
te puedo tener.
Si suena la sirena
te puedo perder.
Un cochecito enano
para los dos.
Echa chispas la barra
como mi corazón.
(La verbena clandestina, El Mecánico del Swing)
Una mano amiga
El pentapléjico que murió en Valladolid el jueves pasado, cuando ya llevaba algún tiempo muerto, había pedido ayuda a una asociación proeutanasia pero no la consiguió por esa vía. «Necesito la mano que sostiene el vaso», había dicho. La Policía investiga ahora quién pudo ser el propietario de esa mano para acercar el vaso a sus labios, en vez de dedicar todas sus pesquisas a investigar a los depredadores marbellíes y aclararnos cómo el Cachuli, que no es más que uno de los miembros de la banda, y otros tipos del mismo jaez se hicieron millonarios en euros firmando autógrafos en unos papeles. Unos papeles que permitían a otros sujetos de la misma calaña edificar grandes edificios en terrenos destinados a construir jardines y colegios.
Cuando Arthur Koestler y su mujer fundaron una sociedad llamada ‘Exit’, intentaron en vano explicarnos que no se trataba de matar al abuelito porque tosía mucho, sino de abreviarle los trámites, a reiterada petición del interesado, a enfermos desahuciados que padezcan dolores insufribles. Los fundamentalistas religiosos, que pueden pertenecer a cualquier religión, volvieron a insistir en que la vida es sagrada, pero no entraron en detalles de a qué vida se referían. ¿Quizá a la de la persona que precisa colaboración para rascarse y para limpiarse el culo? Hay gente tan piadosa que prefiere que estos desventurados prolonguen su agonía «hasta que Dios quiera» llevárselos y mueren entre horribles sufrimientos. Creer en un Dios así se las trae, pero ya sabemos que la fe es un don.
La película ‘Mar adentro’ hizo algo muy importante por acercarnos no sólo a la racionalidad, sino a la compasión. ¿Quién será el dueño de la mano que sostuvo el vaso del pentapléjico de Valladolid? Yo, que aún puedo sostener mi vaso, brindo por él.
(Manuel Alcántara, 9-05-2006)
-En una ocasión usted afirmó: “Me gustaría tener una casa con una habitación para cada uno de los que han sido mis amantes”.
-Jaja… Estaría bien, ¿no le parece?
-¿Y, sus amantes, tienen algo en común?
-Sí, yo.
(De una entrevista a Jean Morreau)
ESTAR
En cenas familiares y anchos domingos sórdidos,
en aulas medio llenas donde mi voz no es mía,
en la consulta del doctor sonriente
que firma unas recetas,
sobre el cuerpo desnudo en el que me demoro
para salir de mí transformado en temblor,
en los ojos de un niño en los que nado
hacia una costa ilusa donde el tiempo es mentira,
en las cafeterías donde los ceniceros atestados
midieron otra vez la victoria del tedio,
en álbumes de fotos que historian las huidas
que me condenan hacia el mismo punto
donde empezara a huir,
fulge constante una pregunta, cada letra
es un colmillo ensangrentado:
¿qué estoy haciendo aquí?
Y cuando en la mañana me repito en el espejo
con cara de superviviente único de un accidente aéreo,
y cuando me reflejo en los escaparates
camino de una noche poblada de relámpagos,
y cuando la memoria me nubla el paladar
con el sabor de una boca ya muerta,
brotando de mi piel como una picadura
otra vez la pregunta que no anhela respuesta:
¿qué estoy haciendo aquí?
Pero luego una voz dice mi nombre
y yo me reconozco, o sé vivir en los amplios salones
de una canción o sabe bien un cigarrillo
después de tanta nicotina para nada,
y la mano del mundo ordena sus tesoros
y todo está en su sitio formulando un temblor de sí rotundo
y la pregunta pierde sus garfios y las cosas
responden al unísono: Estar es suficiente.
El sol de mediodía santifica las cosas,
convierte lo que baña en un milagro,
pone coraza a la conciencia irresponsable
de ser eternos, hila un cuento antiguo
en el que se derriten las preguntas,
y en todos los espejos desafías
el frío de las noches venideras,
el frío de las cenas familiares,
futuros sórdidos domingos anchos,
tu voz no tuya proyectando ansiosa
a los espectros de la nada y los gigantes del pasado
¿qué estoy haciendo aquí?
No anheles la respuesta:
Estar es suficiente.
(Juan Bonilla)
“¿Qué tenemos que hacer para inducir al mundo a seguir su propia inclinación hacia la paz? También sobre esto, me parece, la Ilíada tiene algo que enseñarnos. Y lo hace desde su rasgo más evidente y escandaloso: su rasgo guerrero y masculino. Es indudable que esa historia presenta la guerra como una salida casi natural de la convivencia civil. Pero no se limita a ello; hace algo bastante más importante y, si se quiere, intolerable: canta la belleza de la guerra, y lo hace con una fuerza y una pasión memorables. No hay ningún héroe cuyo esplendor, moral y físico, en el momento del combate no se recuerde. No hay ninguna causa que no sea un altar, ricamente decorado y adornado de poesía. La fascinación por las armas es constante, y la admiración por la belleza estética de los movimientos de los ejércitos es continua. Bellísimos son los animales en la guerra, y solemne es la naturaleza cuando está llamada a servir como marco para la masacre. Hasta los golpes y las heridas son cantados como obras soberbias de un artesano paradójico, atroz, pero sabio. (…)
(…) En este homenaje a la belleza de la guerra, la Ilíada nos obliga a recordar algo molesto pero inexorablemente verdadero: durante milenios la guerra ha sido, para los hombres, la circunstancia en la que la intensidad -la belleza- de la vida se desencadenaba en toda su potencia y verdad. Era casi la única posibilidad para cambiar el propio destino, para encontrar la verdad de uno mismo, para elevarse a una alta concienciación ética. Frente a las anémicas emociones de la vida y a la mediocre estatura moral de la cotidianeidad, la guerra ponía en marcha el mundo y empujaba a los individuos más allá de los límites acostumbrados (…)
(…) Lo que tal vez sugiere la Ilíada es que ningún pacifismo, hoy en día, debe olvidar o negar esa belleza como si nunca hubiera existido. Decir y enseñar que la guerra es un infierno y nada más es una mentira nociva. Por muy atroz que pueda sonar, es necesario acordarse de que la guerra es un infierno, pero bello. Desde siempre los hombres se lanzan a ella como falenas atraídas por la luz mortal del fuego (…) Por ello, la tarea de un pacifismo verdadero tendría que ser hoy no tanto demonizar hasta el exceso la guerra, sino comprender que sólo cuando seamos capaces de otra belleza podremos prescindir de la que la guerra, desde siempre, nos ofrece (…) Dar un sentido, fuerte, a las cosas, sin tener que llevarlas hasta la luz, cegadora, de la muerte. Poder cambiar el destino de uno mismo sin tener que apoderarse del de otro, lograr que circulen el dinero y la riqueza sin tener que recurrir a la violencia; encontrar una dimensión ética, incluso muy elevada, sin tener que ir a buscarla en los confines de la muerte (…)
(…) Hoy la paz es poco más que una conveniencia política: no es, en modo alguno, un sistema de pensamiento y una manera de sentir verdaderamente difundidos. Se considera la guerra un mal que hay que evitar, es cierto, pero se está muy lejos de considerarla un mal absoluto: a la primera ocasión, revestida de hermosos ideales, entrar en guerra se convierte rápidamente en una opción factible. A veces, incluso suele elegirse con cierto orgullo (…) Una real, profética y valiente ambición por la paz yo la veo únicamente en el trabajo paciente y escondido de millones de artesanos que cada día trabajan para suscitar otra belleza, y la claridad de luces, límpidas, que no matan. Es una empresa utópica, que presupone una vertiginosa confianza en el hombre”.
(Homero, Ilíada, Alessandro Baricco)
“Si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiéramos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos”.
(José Saramago)
OFRECIMIENTO
Aquí estás otra vez, Amor,
visita siempre inesperada,
endemoniado ángel de mis días;
aquí llegas de nuevo con tus alas traidoras
por cuyo torvo filo abandonan los hombres
su fe y sus pertenencias.
Funda tu extraño infierno irresistible
en el centro arrasado de mi casa,
y rompe el corazón de los que amo
mientras yo quemo incienso ante tu imagen.
Una vez más quisiera convertirme
en tu obediente siervo, y por lograrlo
me someto a tu imperio en cuerpo y alma.
Pídeme si te place,
las más indignas pruebas, y contempla
cómo entierro con cal mi libertad,
cómo doy a los perros mis deberes.
Aquí tienes el mundo
que a mi medida alcé para pedirle amparo,
arráncame de él
y clávame en la cruz de tu capricho,
porque alcanzo a saber que no habré de gozarte
si no logro entregar, postrado, mi gobierno.
Caer quiero en tu tierra por mecer el yugo
de quien me hace sentir, mi voluntad quebrando,
el aliento más hondo del dolor,
que es el más hondo aliento de la vida.
Porque sé que no eres generoso,
ni constante, ni noble,
porque conozco bien, Amor,
tus bárbaras costumbres,
la ordalía insensata a que me emplazas,
te maldigo y te ofrezco, una vez más,
mi entusiasmo salvaje, mi voluntad rendida.
(Vicente Gallego)