La República, de vacaciones
TAMBIÉN es mala suerte que el 75 aniversario de la II República caiga en viernes santo, con Madrid vacío y la gente haciendo viajes exóticos, viendo procesiones o comiendo espetos de sardinas. La fecha impedirá que la conmemoración tenga el relieve que se barruntaba durante los últimos meses, en los que se ha vivido un revival de la República y de la Guerra Civil que se ha hecho notar tanto en los debates políticos como en los medios de comunicación y en las mesas de novedades de las librerías.
El miércoles pasado, en el Congreso de los Diputados, José Luis Rodríguez Zapatero dijo que “la España de hoy mira a la España de la Segunda República con reconocimiento y satisfacción”. Dudo que a la mayoría de los españoles les provoque cualquier sentimiento –ni positivo ni negativo– ese trozo de nuestra historia. No cabe duda, en cualquier caso, de que la II República fue, en su inicio, un período esperanzador durante el que se pretendía modernizar nuestro país y atenuar las inmensas diferencias de clase. Sin embargo, el experimento fue un fracaso.
Es muy difícil construir una democracia sin demócratas, y la II República fue boicoteada tanto por la derecha como por la izquierda. Se levantó una trinchera sobre la cuestión religiosa y ambos bandos, alternativamente, se opusieron a las leyes modernizadoras. No sólo la derecha: recordemos –aunque en estos días se suela confundir los hechos– cómo Clara Campoamor, hoy prohijada por los socialistas, logró conquistar el voto femenino con la fuerte oposición del PSOE, que consideraba que las mujeres eran más influenciables y votarían por los conservadores. Por si todo eso fuera poco, el convulso ambiente de Europa acabó con los sueños de paz y libertad del 14 de abril de 1931 y convirtió a España en campo internacional de maniobras.
No es el de la II República un período histórico que pueda darnos envidia. Más bien al contrario, los españoles de los años treinta no podían ni soñar que algún día este país fuera libre, confortable, asegurase como derechos universales la salud y la enseñanza y demostrásemos ser capaces de vivir en paz. Está bien que se conmemore el hecho histórico, por frustrante que fuera, y que se recuerde en nuestros callejeros a los más destacados dirigentes republicanos. Tenía razón el senador de ERC Carles Josep Bonet i Reyes cuando el miércoles pedía una calle de Madrid para el presidente Niceto Alcalá-Zamora, aunque resulte paradójico que la petición proceda de un seguidor de Lluís Companys, que tan mal se lo hizo pasar a don Niceto.
Lo único malo de estas conmemoraciones es que están frecuentemente adulteradas por el sectarismo político que busca proyectarse sobre los bandos en disputa de aquellos años. Es un empeño estéril: los españoles de hoy sólo podemos encontrar en la memoria de aquel tiempo ejemplos de lo nunca debería volverse a repetir.
(Félix Bayón)
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La República
CON este aniversario de la Segunda República Española, hemos asistido a la reedición, sutil aunque corpórea, de los mismos argumentos que, entonces, significaron su fin. Vivimos un falseamiento de la Historia que lastra nuestro desarrollo presente y posterior. Es cierto que no se puede idealizar, desde un conocimiento riguroso, al régimen que asistió impávido, impotente quizá, a las quemas de conventos, a las violencias de la turba y a la indefensión de una parte de la población que no se vio amparada por un Estado que lo mismo protagonizaba la masacre de Casas Viejas que aceptaba, por acción u omisión, el asesinato de Calvo Sotelo. Sin embargo, de ahí a criminalizar a la República en su más vasta extensión hay un trecho, y de ahí a convertir a los golpistas en héroes de la patria, hay un trecho mayor que hoy recorren, siniestros y conscientes, varios historiadores. A nadie se le ocurre, en Alemania, decir que Hitler fue malo, pero no tanto, que no gaseó tanto, y protestar si le retiran una estatua. Esto, sin embargo, por disparatado que parezca, forma parte de nuestro debate actual. Porque una cosa es no mitificar, y otra muy distinta mentir bellacamente.
La Segunda República Española fue un sueño no de piedad, ni de solidaridad, sino de estricta justicia. No es cierto que la República legislara en contra de la mitad de la población: por el contrario, se limitó a procurar, precisamente, que esa misma mitad no continuara con la suela de la bota sobre el cuello de la otra mitad. Una sociedad constituida mayoritariamente por jornaleros sin tierra, con el 90 por ciento de sus individuos sin alfabetizar, era, también, una sociedad constituida en el abuso. Los republicanos siempre estuvieron solos. Los acorralaron por uno y otro lado: el lado de los golpistas, criminales –en el más justo sentido jurídico, porque se alzaron contra el régimen que habían jurado defender– que disfrutaron su botín durante cuarenta años, y el lado soviético, el lado comunista –que tantos laureles se cuelga ahora–, que no era fiel a la República, sino a Moscú. Entre unos y otros se cargaron la República, que fue un sueño de equidad, y no tenía nada que ver ni con las dictaduras militares ni con las dictaduras del proletariado. El sueño era la educación, hacer ciudadanos libres con la conciencia libre, terminar con la unión indisoluble entre la Iglesia y el Estado, algo más propio de la sociedad feudal que de los tiempos modernos que inmortalizara Chaplin: algo comúnmente aceptado, hoy, en todos los países, aunque al parecer no en España. El sueño era La Barraca y la Institución Libre de Enseñanza, tantos maestros republicanos represaliados después. Lo que nos diferencia del Medioevo, ayer y hoy, son las elecciones. Hay que respetar sus resultados: no como en Italia, no como en nuestro pasado más reciente, no como sucedió en la muy hermosamente derrotada Segunda República Española.
(Joaquín Pérez Azaustre)
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Banderas Tricolores
Setenta y cinco cumpleaños ya,
de la kermesse tricolor tan breve,
y todavía el viento viene y va,
de flor de lis a flor que no se atreve
a cantar la canción del ojalá,
a manchar la impostura de la nieve,
revisionistas del ni fu ni fa,
Houdinis con paraguas por si llueve.
Cunetas con cadáveres azules,
Casas Viejas, Azañas calumniados,
boinas rojas, rastrojos de gandules,
Unamunos deshunamunizados.
Celos de Maldoror, hielos de tules,
Bergamines, Albertis, Aubs, Machados,
Federicos, Cernudas, oles, hules,
Leones Felipe, Fallas desgranados.
Miguel Hernández, negro sobre negro
y luego el paredón y la venganza,
vírgenes necias, lágrimas sin suegro,
poco Quijote, tanto Sancho Panza.
(Joaquín Sabina)