MASCApalabras

Bla Ñam Blam

Envío 367

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 7:13 pm on Martes, Enero 29, 2008

SAYED

El progreso siempre avanza con pies tintos en sangre. Cada pequeña conquista de la civilidad suele haber tenido un pavoroso coste de esfuerzo y sacrificio. Las libertades que hoy disfrutamos tan inconscientemente se levantan sobre una pirámide de víctimas, héroes anónimos que nadie recuerda, pese a deberles tanto. Sólo guardamos memoria de unos pocos, como de Condorcet, el filósofo y matemático que participó en la Revolución Francesa pero que se opuso a las carnicerías y luchó apasionadamente por los derechos de la mujer. Por ambas cosas, esto es, por enfrentarse a los fanáticos, fue apresado y condenado a la guillotina en 1794, durante el Terror. Se suicidó en la celda, dos días antes de subir al patíbulo.

Probablemente dentro de dos siglos nadie se acordará de Sayed Perwiz Kambakhsh, un periodista afgano de 23 años que bajó de Internet unos artículos críticos con ciertas suras del Corán especialmente machistas. Por cierto que la Biblia también contiene páginas tremendas; el problema no son los libros sagrados, sino qué hace con ellos el poder político. Y, en este caso, el poder ha sido atroz: Sayed fue detenido por bajarse esos textos, y el 22 de enero, en una pantomima de juicio a puerta cerrada y sin abogado, le condenaron a muerte por blasfemo. Ya digo, seguramente no pasará a la Historia como Condorcet, pero el feminista Sayed también es uno de los modestos, heroicos y esenciales hacedores del futuro. Del futuro de todos, porque en este mundo cada vez más globalizado y más pequeño, en este planeta actualmente inmerso en una batalla feroz entre el progreso y la barbarie, entre la tolerancia y el fanatismo, su lucha es también la nuestra. No podemos dejar que lo ejecuten, porque no podemos permitirnos que triunfe el integrismo.

(Envía una protesta en
http://www.rsf.org/article.php3?id_article=25210

(Rosa Montero, El País, 29 de enero de 2008)

Envío 365

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 1:22 pm on Lunes, Diciembre 17, 2007

EL LIBRO ILIMITADO

Voy en el metro a media mañana camino de una de mis librerías más queridas de Madrid y aunque llevo abierto el periódico miro de soslayo con un gesto reflejo cada vez que entra en el vagón alguien con un libro en las manos. No siempre es fácil identificar su título, y hay que tener mucho cuidado para que la curiosidad no se confunda con la metijonería. Es como ser un mirón digno que por nada del mundo quiere verse metido en un trance embarazoso. El libro está a veces en una posición casi horizontal, para que reciba mejor la luz del techo, y no es cuestión de adelantar la cabeza y torcer el cuello queriendo mirar la cubierta desde abajo. ¿Cuál será ese libro de bolsillo tan grueso del que no ha apartado los ojos ni siquiera al dar una zancada desde el andén ese lector que acaba de sentarse frente a mí? Lo ha doblado por la mitad, con riesgo de descuadernarlo, lo aprieta como estrujándolo entre las dos manos. Es un joven de veintitantos años con el pelo encrespado de rizos casi africanos, sin afeitar, con una mochila pequeña a la espalda. Da la impresión de que se levantó de la cama con el libro en la mano y que pasó así con él delante del espejo del baño.
Mantengo la vigilancia mientras leo el periódico. El titular de la primera página es el desastre de los índices escolares de lectura en España. Sólo hace unos días la enigmática ministra de Educación aseguró que ella no ve ningún problema en que los chicos usen el teléfono móvil mientras están en clase. La enseñanza pública se deteriora irreparablemente en España gracias a una conspiración de ignorancia tramada desde hace años por la chusma política y la secta pedagógica y las autoridades ya tienen un culpable: el franquismo. Quién si no. Como mi tierra natal está incluso a la cola del desastre leo que la consejera de Educación de la Junta de Andalucía ha descubierto una causa todavía más lejana: nuestro atraso histórico. A ellos, los socialistas que llevan gobernando en Andalucía un cuarto de siglo, que los registren. Pienso en mis maestros, los que me enseñaron contra viento y marea a leer y a escribir y a amar el conocimiento en años de oscurantismo y pobreza; pienso en tantos profesores vocacionales y derrotados que conozco, en las cartas despectivas o perdonavidas o del todo insultantes de pedagogos y expertos, de enchufados de diverso pelaje, que he recibido sin falta cada vez que he escrito sobre las quejas amargas de mis amigos profesores y sobre lo que yo estaba descubriendo con mis propios ojos con sólo hojear los libros de texto de mis hijos y escuchar las historias que me contaban al volver de la escuela.

A los expertos, a los gurús de la jerga psicopedagógica y a los enchufados no les cabía la menor duda: los que alertábamos sobre la degradación de la enseñanza nos habíamos vuelto de derechas y no sabíamos nada, no entendíamos de nada. Ellos sí que entendían: a la vista están los resultados. Cierro el periódico con asco y el hombre joven que leía frente a mí levanta los ojos de su libro. A mi atención de espía le basta un segundo para descubrir el título: es el Viaje al fin de la noche. Ahora parece evidente que el aire de ligero trastorno que tenía ese hombre desde que entró en el vagón procedía de la lectura de Céline. Vamos en el mismo tren de la línea 4 pero su viaje es mucho más hondo y más terrible, un descenso de fiebre por los espantos del mundo. Yo voy por los túneles del metro de Madrid y por el presente inmediato y más bien desolado del periódico: él por las trincheras de la guerra, por la miseria de los suburbios proletarios de París, por el Nueva York futurista de los años veinte, por las tinieblas coloniales del Congo que ya había roturado para la literatura Joseph Conrad.

Ahí lo dejo, sumergido en el libro, continuando su viaje, con su barba de varios días y su mochila de vagabundo celineano. ¿Cuántos lectores como él no llegarán a existir gracias a la gran conjura de los necios y de los comisarios políticos que ha asolado la educación española? Pero no se trata sólo de esa embriaguez, del dulce vicio que le acompaña a uno en la soledad y le hace gratos los minutos de un viaje en el metro: mucho más grave es que la escuela esté fracasando en su tarea de despertar en cada uno sus mejores facultades, de actuar como palanca de progreso social. ¿Qué porvenir laboral tiene un hijo de trabajador o de inmigrante que a los quince años no es capaz de comprender un párrafo de tres líneas? ¿Qué podrá aprender sobre la complejidad del mundo y la de su propia alma quien no cuenta con la luz de las palabras escritas? El nivel cultural y académico de los padres es factor decisivo, asegura el periódico. Subiendo por las escaleras del metro me pregunto con ira y dolor qué habría sido de mí, de tantos de nosotros, si no hubiera sido por la escuela y por el instituto. Nuestros padres, niños en la guerra, escribían y leían con dificultad. En nuestras casas, donde había tan poco, mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos.

Soy lo que he leído. Me gano la vida gracias a que existen lectores. En el escaparate de la librería distingo con expectación impaciente el libro que vengo buscando. Verlo me da tanta felicidad como descubrir en un escaparate de la infancia la cubierta en colores de una novela de Julio Verne. Son Los ensayos de Montaigne que acaba de publicar Acantilado, editados y traducidos admirablemente por Jordi Bayod Brau. Muy pronto el gozo de las manos se añade al de la mirada: sopeso el volumen, paso los dedos por su tapa tan sólida, lo abro y rozo las páginas con las yemas de los dedos, y al hacerlo percibo un olor exquisito de papel y de tinta. Por cualquier página que se abra este libro ilimitado se reconocerá la voz sabia y serena, la inteligencia irónica y voluble, la curiosidad entre erudita y chismosa de aquel hombre feliz que se retiró hace más cuatro siglos a escribir y a leer en la biblioteca circular de su torre. Como Cervantes o Shakespeare si empezamos a leerlo nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida, y a medida que pase el tiempo y sigamos leyendo nos enseñará cosas que ni siquiera habíamos sospechado en las primeras lecturas. Como el señor don Quijote de la letanía de Rubén el señor de Montaigne nos asistirá en nuestra diatriba contra los fanáticos y los propagadores de la ignorancia, contra los sinvergüenzas, contra los estafadores de la jerga psicopedagógica, contra los políticos que sólo pueden eternizarse en su parasitismo gracias a una ciudadanía analfabeta y embotada. En el viaje de vuelta soy yo quien entra en el vagón del metro con la nariz hundida en el libro, quien se queda tan absorto leyendo a Montaigne que cuando levanta los ojos descubre que se ha pasado de estación.

Antonio Muñoz Molina
(Babelia, 15 de diciembre de 2007)

Envío 364

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 9:48 am on Miércoles, Noviembre 21, 2007

MITOS

Qué irremisible necesidad de mitos padecemos los humanos. Lo digo al hilo del embeleso acrítico que sigue produciendo la figura del Che. Lo peor de los mitos es que encienden los sentimientos y no el cerebro. Comprendo que, en el asqueroso e inquietante mundo en que vivimos, resulte muy tentador mantener intacto un ejemplo de pureza y entrega. Un modelo de solidaridad. Un santo laico, para poder seguir creyendo en la belleza de la vida y en la viabilidad de todas esas hermosas ideas de libertad y justicia que nos calientan el corazón. Y el Che parece el héroe perfecto. Era guapo, abandonó el poder para seguir peleando, lo mataron joven. Pero la realidad es tozuda y feroz y no entiende de mitos; y en la realidad el Che fue cruel y violento. Tenía la boca llena de grandes palabras, pero se diría que despreciaba a esa gente humilde que tanto se jactaba de defender: “La dictadura del proletariado se ejerce sobre el proletariado mismo”, proclamó, totalmente en serio, en un texto político. Hubo cosas peores: “Tenemos que crear la pedagogía de los paredones de fusilamiento y no necesitamos pruebas para matar a un hombre”, dijo en 1959 a los Tribunales Revolucionarios. También escribió: “Un revolucionario tiene que convertirse en una fría máquina de matar”. Durante sus seis meses al mando de la fortaleza de La Cabaña, mandó fusilar, tras juicios de opereta, a centenares de víctimas. Están documentadas 164. También ejecutó a 14 personas durante los años de Sierra Maestra, y otras 23 en Santa Clara. Hablo sólo de las muertes comprobadas. Hay casos bien acreditados, como el de Eutimio Guerra, en los que fue el propio Che quien reventó los sesos de los presos con su pistola. La verdad, creo que yo prefiero hacer un esfuerzo y seguir calentándome el corazón con las ideas hermosas sin tener que inventarme a un héroe para ello.

Rosa Montero
(El País, 23-10-2007)

Envío 363

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 1:29 am on Lunes, Octubre 8, 2007

CONSENSO

Aquellos padres de derechas que hicieron la guerra con Franco y que, tal vez, fueron a la División Azul engendraron algunos hijos rebeldes, que en la universidad se enfrentaron a los guardias en una larga pelea contra la dictadura. Entre las dos generaciones se estableció un abismo infranqueable. En la sobremesa, al hablar de política, se producían discusiones acaloradas. Poco a poco el padre de derechas y el hijo de izquierdas se convirtieron en dos desconocidos. Realmente la clandestinidad empezaba por el propio hogar. El estudiante volvía de la facultad donde había participado en una asamblea revolucionaria y al llegar a casa se estrellaba de nuevo contra el orden establecido. A la hora del almuerzo el padre aun bendecía los alimentos, que les había dado el Señor, cuando los vástagos ya eran ateos. Estas dos generaciones, que chocaron a mitad de los años sesenta, usaban las mismas palabras para expresar cosas distintas. Al final ya no tenían nada que decirse y, en el mejor de los casos, se impuso entre ellas un silencio pactado hasta que cada una se disolvió por su cuenta. Tiempo después se ha producido el mismo vacío entre padres e hijos, aunque de forma distinta, cuando la evolución de la sociedad y el sistema de becas ha permitido llegar a la universidad a los hijos de los obreros. Cualquier metalúrgico, albañil, mecánico o campesino tiene hoy un hijo médico, físico-matemático o doctor en románicas. La primera consecuencia consiste en que estos padres, prácticamente analfabetos, nada pueden hacer por sus descendientes, salvo estar orgullosos y darles aliento. El estudiante de biología no encuentra la forma de explicar a su progenitor, un simple camarero, el problema más sencillo de genética molecular, ni el labrador logrará nunca entender la ley de la entropía que le repite su hija, catedrática de física. En la sobremesa se produce la misma incomunicación, que en otro tiempo era debida a la divergencia ideológica y ahora se deriva del abismo cultural que los separa. No obstante, entre las nuevas generaciones ha quedado un magnífico punto de conexión. Cuando llega la cosecha estos padres mandan a sus hijos, cirujanos, economistas y científicos, unas hortalizas del pequeño huerto familiar que cultivan todavía en el pueblo, a las que añaden un paquete de embutidos de la matanza del cerdo. Una vez a año, a ras de la dicha de vivir, entre ellos se produce un gran consenso a la hora de ensalzar la alta calidad de los pimientos morrones y chorizos.

(Manuel Vicent, El País, 8-X-07)

Envío 359

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 6:11 pm on Lunes, Septiembre 3, 2007

MORTAL Y ROSA

Iba a comprar el pan y se encontraba a Nadiuska y nos lo contaba con gracia, sin saber que lo mismo nos ponía los dientes largos. Tenía una vecinita llamada Natalia y nos hicimos amigos de ella al leerlo en sus crónicas. Hubo una época en que aquí servidor de ustedes leía los periódicos al revés, de atrás hacia adelante, quizá como hace todo el mundo, pero no por buscar las esquelas (nunca reconozco los nombres de los muertos en papel impreso), sino por leer la columna diaria de Francisco Umbral. O sea, del indiscutible maestro, el madrileño recriado en Valladolid que nunca obtuvo el sillón de la Academia (lo cual demuestra que hubo y hay intelectuales mucho más cegatos que él mismo).

Yo de adolescente quería ser Francisco Umbral (siempre tengo mucho cuidado de no decir «Paco»). Cuando pasamos de los héroes adolescentes de los tebeos a buscar otros referentes en este mundo de contaminaciones y asfaltos, yo quise ver el mundo como lo veía Umbral, desde la sorna y el amor a los libros, embelleciendo mentiras y desnudando verdades (y beldades). Todavía no sé hasta qué punto el hermano Téllez y yo somos bufanderos (él, además, pajaritero), por imitación inconsciente del maestro.

Umbral escribió no sólo el libro que yo todavía quiero escribir, sino que escribió el libro donde yo quiero vivir. O sea, Las Ninfas. Si hay un libro que a mí me haya marcado, y lo he dicho en muchos sitios, es ése, porque aprendí que el aburrimiento de cualquier habitación se describe con la palabra «oblongo», y porque todo intento de asomarte al mundo de la literatura desde dentro, con o sin guantes amarillos, pasa por esas tertulias de provincias y ese equilibrio de pescaderas bravías y niños repelentes llamados Cristo-Teodorito. Umbral fue el puente que nos ayudó a conocer a Baudelaire, a Larra, a Proust, a los malditos, a disfrutar de la prosa como si fuera poesía, a comprender que la literatura es enigma y ritmo. Se inventó varias veces: como articulista, como novelista, como personaje público, y pasó sin que él mismo se diera cuenta de joven rebelde con bufanda y botines y gafas de concha a viejo cascarrabias de pelo largo a juego. Siempre quiso ser sublime sin interrupción, aunque quizá no lo consiguió en todo momento.

En los últimos años de su vida cultivó una imagen arisca, creando un personaje que el gran público, ese que nunca leyó sus libros, en seguida rechazó, sin saber que todo estaba preparado y previsto por el viejo cínico. Que los humoristas de este país hagan sketches no de folklóricas y actores, sino de intelectuales de la cosa, y todavía se repita en sus chistes aquello de «Yo he venido a hablar de mi libro», demuestra que Umbral, aquella noche con Mercedes Milá, sabía en el fondo a lo que estaba jugando: a ponerse una máscara más, a continuar labrando su reputación a golpe de escándalo.

Quienes nunca han leído a Umbral, claro, jamás podrán indagar más allá de ese personaje mimado y acicalado durante décadas por él mismo. Porque más allá de la fachada, más allá del articulista pendenciero y burlesco que reinventaba el idioma de continuo, en sus muchos libros se retrata un hombre lúcido, sensible, enamorado de la palabra y de la luz que falsea su propia biografía (en casi todos sus libros Umbral habla prácticamente de sí mismo) y convierte la vida en literatura o viceversa. No hay un libro más sincero, más doloroso y terrible en la historia de la literatura española del siglo veinte que ese Mortal y rosa con el que he dado título a este artículo.

Una vez le preguntaron por qué publicaba tantos libros. Umbral no se cortó un pelo: «Por el olor», dijo, «porque no hay nada más hermoso que respirar el olor de un libro nuevo, un libro mío». En ésa, como en tantas otras cosas, Umbral puso voz a un sentimiento que luego otros hemos compartido.

Descansa en paz, maestro.

(Rafael Marín, La Voz de Cádiz, 3 de septiembre de 2007)

Envío 354

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 5:05 pm on Martes, Julio 10, 2007

LA BELLEZA, A VOTACIÓN

La Alhambra de Granada, que sigue dentro de los ojos de todo el que la ha visto, se ha quedado fuera de las siete maravillas del mundo. Cuestión de votos. A un hábil negociante se le ocurrió la idea de aplicar la democracia a la belleza y se las maravilló muy bien ya que más de cien millones de personas aceptaron el plebiscito. Como en Brasil vive mucha más gente que en Grecia obtuvo plaza el Cristo del Corcovado y no la Acrópolis. Naturalmente, en China, donde vive más gente que en ninguna otra parte, se volcaron votando a la Muralla China, cosa que no hubieran hecho si la edifican en otro sitio.

La belleza, a pesar de ser siempre una evidencia, es opinable, pero el sistema de las papeletas quizá no sea el mejor para definirla. Claro que tampoco lo fue cuando el noble pueblo, que se dice que siempre tiene razón, prefirió amnistiar a Barrabás, que era un avezado criminal, y condenar a Jesús de Nazaret, que predicaba infructuosamente eso de que todos los hombres somos hermanos. Tampoco parece que el procedimiento fuera acertado cuando Hitler ganó arrolladoramente las elecciones que le llevaron al poder. Es lo malo de la democracia, que sigue siendo el mejor sistema de los conocidos. Si en Alcalá Meco, por ejemplo y por no irnos tan lejos, se somete a votación si es lícito delinquir, ganan los delincuentes por mayoría absoluta.

En vez de sentirnos decepcionados, los españoles debemos sentir el deseo de ir, inmediatamente, en cuanto podamos, a Granada. A ver otra vez la Alhambra, que siempre se ve por vez primera. Es «el libro mejor encuadernado del mundo», la diadema de la prodigiosa ciudad. Su hermosura es irrefutable, junto al mirto y el mármol redondo, entre los dialectos del agua reclusa. En cuanto pueda yo me llego a Granada, no para desagraviar a la Alhambra, sino para ensanchar mi viejo corazón.

(Manuel Alcántara, La Voz de Cádiz, 10 de julio de 2007)

Envío 352

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 10:27 pm on Domingo, Mayo 27, 2007

LA NOVIA

Este antiguo comunista, hoy arquitecto de éxito, un tipo elegante de pelo plateado, vive en una casa con jardín guardada por dos perros rottweiler, de orejas cercenadas. Cuando alguna visita, sobrecogida por los ladridos, le pregunta por qué vive protegido por ese par de asesinos, este antiguo progresista comenta: “El hombre nuevo, que anunció Lenin, se ha demorado. El mundo está lleno de maleantes”.

El domingo este arquitecto irá a votar montado en el todoterreno, en compañía de su mujer y de su hija, que acaba de llegar de una isla de la Polinesia donde ha practicado submarinismo y de un hijo becado en la Universidad de Arizona. Después, los cuatro, guapos y felices, con las mangas del jersey anudadas en el pecho, tomarán el aperitivo en una terraza antes de almorzar en un famoso restaurante japonés y por la tarde él se echará la siesta y luego esperará en su estudio el resultado de las elecciones oyendo una ópera de Verdi mientras analiza el proyecto de una nueva urbanización en la costa, de la que espera sacar una sustanciosa tajada que corone definitivamente su espléndida madurez.

Este arquitecto ha salido indemne de dos casos de corrupción, aunque en su conciencia todo parece estar bien trabado. Ha evolucionado, eso es todo. Pero ayer mismo tuvo un encuentro inesperado que le devolvió todo su pasado a la memoria. Entró por casualidad en una librería donde trabaja como directora su primera novia, a la que no veía desde hacía muchos años.

Se saludaron no sin cierto rubor; se analizaron durante unos segundos el fondo de la mirada y después de expresar su sorpresa decidieron tomar un café en el bar de la esquina. Habían envejecido cada uno a su manera, porque ella en el rostro aún conservaba aquella disposición juvenil, ahora renovada, que la había empujado siempre a apoyar las causas perdidas.

Recordaron los viejos tiempos, su amor en el campus de la universidad, su viaje a Nicaragua cuando creían cambiar el mundo, la caída con otros camaradas que los llevó a la cárcel y todo lo que vino después hasta que se cada uno se fue por su lado. De pronto, guardaron silencio, ya no tenían nada que decirse, en la sonrisa congelada percibían la larga distancia que los separaba.

Los dos sabían muy bien a quién iban a votar mañana, pero no hablaron de eso. Ella regresó a la librería y envolvió un libro de Pavese para un cliente. Él llegó a casa, les echó de comer a los perros y ellos lo agradecieron con una furia inocente, como sólo los perros muy peligrosos saben hacerlo.

(Manuel Vicent. El País, 27 de mayo de 2007)

Envío 349

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 1:22 pm on Lunes, Mayo 21, 2007

Qué mafioso metafórico prefiere usted

Dentro de una semana se celebran elecciones municipales y autonómicas en la mayor parte de España, y hay que reconocer que esa consulta popular se ha convertido en la más peliaguda y embarazosa ?por no llamarla la más apestosa? de cuantas se nos hacen a los ciudadanos. Nueve meses atrás publiqué aquí un artículo titulado “Los villanos de la nación”, en el que señalaba que para el hombre vulgar, y yo lo soy a muchos efectos, los alcaldes, los presidentes y consejeros autonómicos, los promotores inmobiliarios, los constructores y los empresarios de obras públicas habían pasado a ser eso, la hez, la escoria, los contaminadores, depredadores y destructores del país, los villanos de la nación. La gente a la que (en términos generales, excepciones alguna habrá) no se puede estrechar la mano por temor a manchársela, y junto a la que un individuo decente nunca debe aparecer si desea conservar su dignidad y su reputación.

Y ahora se nos convoca a las urnas para que elijamos a los nuevos alcaldes, concejales, presidentes y consejeros autonómicos, lo cual, tal como están las cosas, supone elegir también a los nuevos promotores, constructores y empresarios que van a sacar tajada en los próximos cuatro años y a destrozar nuestras ciudades y paisajes y costas, si es que de estas últimas queda alguna por arruinar. Esto es, se nos pide, hasta cierto punto metafórico, que elijamos qué mafiosos o mangantes preferimos que nos exploten y esquilmen. Convendrán conmigo en que la elección se las trae y resulta de lo más disuasoria. Mucha gente se sentiría tentada a no participar en la farsa, a abstenerse o votar en blanco. Y sin embargo, pese a todo, eso es lo último que se debe hacer, porque tal opción resultaría eficaz si la siguiera la casi totalidad de los votantes, pero como eso nunca sucede ni va a suceder, nos encontraríamos, simplemente, con que otros deciden por nosotros. Tengan por seguro que quienes sí van a votar son todos los interesados en los negocios, incluidos los alcaldes, concejales, consejeros, constructores y promotores. La única manera de frenarlos es tomar parte y optar por quienes nos parezcan un poquito menos malos o deshonestos, o, si no notamos diferencia entre los candidatos, por quienes más horripilen a los mencionados alcaldes y constructores, por los que a ellos les revienten más. (Y, en todo caso, nunca por quienes ya estén acusados de corrupción y bajo sospecha).

Pero la trayectoria reciente de escándalos, sobornos, comisiones, abusos, vandalismo urbanístico y ladrillazos de una gran parte de los políticos locales no es el único inconveniente. La percepción que cada vez tenemos más ciudadanos es de que, tal como están distribuidas ahora las competencias, los alcaldes y presidentes autonómicos tienen las manos demasiado libres y actúan sin ningún control, por mucho que existan “federaciones” regionales y un teórico poder estatal. La impresión general en nuestras ciudades y pueblos es de que, por lo regular, y por mucha oposición cívica que se dé a ciertos proyectos o modificaciones dañinos y disparatados, el alcalde megalómano de turno siempre acabará por llevarse el gato al agua y cometer su atrocidad. Y de que las poblaciones son cada vez menos para sus habitantes, sino que son tomadas como permanentes escenarios para espectáculos turísticos a los que, por mucha gente que acuda, siempre será una mínima parte comparada con la totalidad, que debe aguantar que un día se le impida transitar porque hay una maratón, otro porque es el día de la bici, o porque hay procesiones, o un desfile, o porque se aspira a que la ciudad sea olímpica, o a que albergue no sé qué Expo, o el Mundial de Vela, o porque se celebra (como he visto en Madrid) un partido de fútbol ¡en la Plaza Mayor! o un desfile de modelos ¡en el Retiro!, que de paso obliga a talar un montón de árboles de ese ya viejo parque camino de su destrucción.

Se tiene la sensación de que unos individuos transitorios, elegidos para solventar durante cuatro años los problemas de cada lugar, se creen autorizados a transformar de arriba abajo esos lugares, las más de las veces irreversible, irreparable y catastróficamente. ¿No es este un desmedido poder? La gente suele estar contenta con sus ciudades, o por lo menos acostumbrada. Les desea mejoras, y reparaciones donde hagan falta, y adecentamiento, pero no mucho más. Lo que desde luego no quiere es que se las hagan irreconocibles (Recoletos-Prado desarbolado, por ejemplo), y menos aún padecer, todos los días del año, las infinitas obras innecesarias con que nos torturan nuestros alcaldes, casi siempre para peor. ¿Qué votar? Yo no lo sé, sobre todo tras la grotesca carrera que en mi ciudad nos han brindado hace unas semanas la Ministra de Fomento Álvarez y los candidatos Simancas y Sebastián, en un equipo, y la Presidenta Aguirre y el alcalde Gallardón, en el otro, para inaugurar dos días seguidos una estación de metro en la abominable T-4 de Barajas. Disputándose el mérito de la obra y de su financiación, cuando quienes han corrido con el gasto, en cualquier caso, han sido los ciudadanos horrorizados ante la papeleta que el domingo que viene nos toca depositar con asco. Más vale que lo hagan, aun así.

(Javier Marías, El País Semanal, 20 de mayo de 2007)

Envío 347

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 8:20 pm on Martes, Mayo 15, 2007

EL MILAGRO

Cada vez que veo jugar a un grupo de niños en un parque, me entretengo observando sus reacciones. Me gusta ver cuál de ellos miente y cuál no (si es que ocurre un suceso desagradable del que se pueda acusar a los niños). Y me gusta averiguar quién defiende al más débil, si se produce una de esas situaciones en que todo el grupo se vuelve contra uno de sus integrantes, casi siempre el más desvalido, para someterlo a sus caprichos, con el fin de asegurar la cohesión del grupo y el liderazgo del niño más listo o más agresivo (los dos fenómenos, como es natural, son indisociables).

Los resultados de esas observaciones suelen ser desalentadores. En mi modesta experiencia, los niños mienten, engañan, son incapaces de reconocer que han hecho algo malo y casi nunca se atreven a defender al más débil. Hay excepciones, sí, aunque muy pocas. Pero al fin y al cabo es lo normal. Los seres humanos no somos buenos por naturaleza. Y el error más grave del “buenismo” pedagógico –y político– es la estúpida presunción de nuestra bondad innata. Porque eso no es verdad. El ser humano tiende de forma instintiva a engañar y a mentir, siempre que pueda sacar algún provecho de ello. El ser humano tiende a ejercer su poder sobre el más débil, siempre que pueda extraer un beneficio de ello (y a veces ni siquiera eso: le basta con el placer de la humillación ajena). Y el ser humano tiende a embaucar, robar y perjudicar a los demás, si con ello puede conseguir alguna clase de ganancia económica o de recompensa emocional.

Pero a veces ocurre un milagro. Cuando uno menos se lo espera, en un grupo de niños que juegan, de pronto aparece uno que dice la verdad, aunque la verdad le cueste una regañina o el rechazo de los demás, o que defiende al niño gordito al que todos los demás habían empezado a insultar. Y eso ocurre. Nunca sabremos con seguridad por qué, pero ocurre. Ahora mismo está ocurriendo: en una familia, en un colegio, un niño aprende a ser honrado y a valorar el trabajo bien hecho, a no mentir, a no estafar, a no engañar, a no aprovecharse de la debilidad ajena. Y cuando ese niño llegue a adulto, seguirá rechazando la injusticia, se rebelará contra la mentira y se negará a someterse al fraude o a la intimidación.

Puede que sólo sea un caso entre mil, pero esa persona existe. ¿Por qué? Sólo consigo encontrar una causa, aparte de las genéticas: porque detrás de ese niño hay unos padres que le han enseñado a apreciar la verdad y a respetar la justicia. Y nadie puede enseñar a amar la verdad y la justicia si él mismo no es una persona veraz y justa. Durante las veinticuatro horas, día a día, mes a mes, año a año. Es así de difícil, pero es así. Un milagro. Esperemos que alguna de estas personas esté en las listas electorales.

(Eduardo Jordá, Diario de Cádiz, 15 de mayo de 2007)

Envío 344

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 8:42 pm on Lunes, Mayo 7, 2007

COMUNIÓN
Araceli entró en antena el pasado viernes con la voz entrecortada. Quería explicar a los oyentes que su hijo hacía la Primera Comunión el fin de semana en Cádiz, pero lo que iba a ser un acontecimiento familiar cargado de ilusión se convirtió en la víspera en un auténtico jarro de agua fría para los padres del comulgante. El niño se negaba a ir a la iglesia el domingo vestido de marinero si en la lista de regalos no estaba la nueva play station. Atrás quedaron los meses de catequesis en la parroquia y los discursos tranquilizadores del sacerdote a los padres. El comulgante había puesto sus condiciones para tomar la primera hostia de su vida, se entiende consagrada porque seguro que a la madre se le pasó por la cabeza en ese instante arrearle la que no tiene bendición. Araceli se sentía culpable ante los micrófonos de esta situación porque ni ella ni su marido habían sabido frenar a tiempo el rosario de antojos de su hijo. Las comuniones se han convertido con el paso del tiempo y la ayuda inestimable de los grandes almacenes en verdaderos actos sociales equiparables a los fastos de una boda. Recuerdo las comuniones de antes donde se despachaba la función con una misa a primera hora de la mañana y un chocolate con churros después. Los que se estiraban algo más reunían a la familia en un almuerzo. La nueva generación ha pasado del libro-recordatorio a la lista de regalos y algunos ya incluyen en la invitación el número de la cuenta corriente. Reconozco que mucha culpa de este disparate la tenemos los padres, que hemos caído en la trampa del consumo y hemos cometido el pecado de sucumbir a los caprichos. Echo ahora de menos ese toque de atención que tanto le gusta dar a la Iglesia.

(Javier Rodríguez, La Voz de Cádiz, 7 de ayo de 2007)

Envío 342

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 6:33 pm on Miércoles, Marzo 28, 2007

Agua del grifo

Lo adelantó David Bowie, siempre ágil para captar el zeitgeist. En 2002, avisó a The New York Times de que “la música se va a convertir en algo parecido al agua o la electricidad”. Es decir, mercancía prácticamente gratis, disponible con un gesto mínimo, como abrir el grifo.

Así ha sido. Los testarudos siguen con el equivalente del agua embotellada pero la mayoría prefiere el agua corriente. Con la particularidad de que estos consumidores alardean de su opción -”ya no tengo discos”, he llegado a oír- ya que el iPod y equivalentes están en lo alto de la pirámide tecnológica: máquinas ergonómicas, con inmensa capacidad e ingeniosas prestaciones. ¡El iPod es sexy!

Interesante duda: ¿se paladea la música o se vive La Experiencia iPod?

Da lo mismo, inútil resistirse a una moda que nos hace obviar las carencias del MP3 y soportar el daño de esos auriculares diminutos. Cambiarlos por unos cascos cómodos no es una opción: queremos crearnos una burbuja sonora pero sin llamar la atención, no vayan a confundirnos con fanáticos apasionados.

Aún peor: esos reproductores aplanan cualquier percepción histórica de la música. Se pierde el concepto de obra: preferible almacenar equis temas de tal artista en vez de aspirar a una idea más o menos global de su creatividad. Las jerarquías se van al carajo: sumamos frikerios, chistes, curiosidades; lo sublime y lo absurdo naufragan en nuestro mar de gigas. Sin algo de esfuerzo mental, la escucha es tan trivial como la de un hilo musical.

No existe relación física con la música. No hay carpeta, librito, letras.

No necesitamos información para seleccionar lo que asaltará nuestros oídos; hay libros, revistas que nos sugieren qué temas añadir. Ciertamente, como el agua: un producto necesario, incluso deleitoso, pero sobre el que nadie reflexiona demasiado.

El siguiente golpe de Apple, una vez resuelto el contencioso con los Beatles, será vender iPod cargados. ¿Para qué molestarnos en alimentar nuestros juguetes? Steve Jobs nos evitará pensar y decidir: tendremos aparatos con Lo mejor de los 80, Grandes éxitos del Barroco o Música para hacer Pilates. A un paso de la Rekal Corporation, la empresa especializada en implantes de memorias que Philip K. Dick imaginó en Podemos recordarlo por usted al por mayor.

Lo inquietante de desconfiar del iPod es que uno termina sintiéndose Norma Desmond, la protagonista de El crepúsculo de los dioses, aquella cruel historia hollywoodiense de Billy Wilder. Cuando se topa con Joe, el guionista, éste la reconoce como una diva del cine mudo, “usted era grande”.

Ella responde airada: “¡Soy grande! ¡Son las películas las que empequeñecieron!”. Exacto: la música es grande pero encoge con sus nuevos soportes, se devalúa con los actuales hábitos de consumo.

(El País, DIEGO A. MANRIQUE 19/03/2007)

Envío 335

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 4:47 pm on Miércoles, Noviembre 15, 2006

Palabras

El terrorismo es sin duda algo imperdonable. Me repugna el fanatismo de quienes están dispuestos a destripar a la gente para sostener sus ciegas creencias (ninguna idea vale la vida de una sola persona), y casi siento la misma repugnancia por aquellos que dicen condenar la violencia pero luego justifican a los asesinos diciendo que están oprimidos, que son combatientes por la independencia o cualquier tópico viscoso parecido.

Pero también me desespera que, desde el otro extremo ideológico, se esté utilizando el terrorismo como palabra mágica con la que justificar todo tipo de tropelías y barbaries. Hace unos días se publicó que la CIA intentaba vetar las denuncias de torturas en su contra convirtiendo los interrogatorios de los prisioneros en secretos de Estado, con el asombroso argumento de que, si se conocían los métodos con los que interrogaban, el enemigo terrorista podría prepararse para resistirlos. Semejante descaro en la maldad y la ilegalidad parece increíble, pero hasta estos extremos estamos llegando por el miedo a las bombas y por la manipulación que se hace de ese miedo.

Un ejemplo más, especialmente irritante: el rey de Marruecos acaba de declarar que un Sáhara independiente sería un foco de terrorismo. Lo que nos faltaba: que, tras incumplir los acuerdos de la ONU y reprimir salvajemente a los saharauis, este decepcionante rey echara mano ahora del ogro del terrorismo. Lo cual es una completa insensatez, dado que, durante sus 30 años de lucha y destierro, los saharauis, en condiciones durísimas, han tenido la serenidad, el coraje moral y la cordura de no recurrir al terrorismo, y eso que sin duda hubiera sido más fácil, porque vivimos en un mundo en el que parece que sólo se hace caso a los que matan. Si en la peor de las situaciones ya han demostrado que no hacen eso, ¿cómo vamos a poder creer que la independencia les cambiaría?

Al contrario, un Sáhara libre sería un ejemplo de islamismo moderno y tolerante. El verdadero foco de terrorismo es Marruecos, con su desigualdad y su frustración social, su atraso político, sus carencias democráticas. Eso sí que es el caldo de cultivo de los fanáticos, por más que Mohamed VI intente manipular el miedo y las palabras.

(Rosa Montero, El País, 14-11-2006)

Envío 332

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 7:34 pm on Domingo, Octubre 15, 2006

El señor de las bestias

De pequeña yo quería un perro, pero mi padre dijo que no y tuve que conformarme con una pareja de periquitos que lo más que hacían era espurrear mijo y despelucharse.

Luego me tocó a mí ser la madre de los niños que querían perro, dije que no y empezó la época de los sucedáneos. Vinieron primero los canarios, tan longevos que se han aburrido hasta de cantar, y yo venga a limpiar caca de pájaro. Luego fueron los hámsters, con una perversa tendencia a morir entre convulsiones y saliéndoseles los ojos. Después los peces: nadie sabe lo pronto que cría verdín una pecera. Llegaron también las tortugas. A las primeras, Ulises y Penélope, las soltábamos para jugar al escondite. Un día se perdieron para siempre. Sólo apareció un caparazón cuando vinieron a arreglar el bidé. Con Évora la cosa fue diferente: el pequeño galápago crecía a ojos vistas. Un amigo comentó que las tortugas crecen cuando son felices. Pero Évora es demasiado feliz (Dios me perdone): ha convertido mi piso en su tortuguero. A cambio me ha hecho descubrir la ternura del reptil: se deja acariciar la cabeza, y, de puro gusto, se le descuelgan las patas. Conchín, el conejo chino enano, no sé si será chino pero dejó de ser enano en cuanto le dimos de comer. Hubo que tirar la mini jaula y restituirle su libertad: con ella se dedica a comerse los cables de la tele y el teléfono. En cuanto a gusanos de seda, mi casa está declarada reserva natural del hábitat para la metamorfosis. Sólo me fastidia ser siempre yo la que va de peregrinación en busca de de hojas de morera.

Y así llegó la claudicación: EL DÍA DEL PERRO. Mis hijos me juraron por lo más sagrado que ellos se harían cargo de todo, lo alimentarían, lo lavarían, lo sacarían tres veces al día de paseo. Ja. Lo habrán sacado tres veces, sí, pero Aga-Can va para los nueve años. Es un yorkshire. Al principio no les dejábamos sacarlo porque eran demasiado pequeños. Ahora no les da la gana de pasearlo porque Aga-Can no mola: un quinceañero se pasea con un pastor alemán o con pittbull, pero se ve ridículo sacando a un perrillo enano con ladrido de maricuela. Lo más gracioso es cuando mis hijos se traen amigos a casa y exhiben nuestro animalario como quien hace el numerito del Señor de las Bestias (y yo aquí, de esclava del señor, venga a fregar porquería de animales).

En esos momentos simpatizo con mi Aga-Can, que pasa olímpicamente de nosotros, mea donde quiere (incluso en las piernas de los invitados), jamás muestra habilidades bajo coacción y ante testigos, y, en fin, haciendo honor a su nombre, se comporta como si fuera de la jet: como un auténtico desaprensivo. Mañana será otro día.

(Ana Sofía Pérez Bustamante)

Envío 330

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 5:25 pm on Martes, Septiembre 19, 2006

Cómo se construye un relato

El vídeo de Natascha Kampusch debería pasarse en todos los talleres de escritura creativa del mundo. Da una lección increíble de cómo se construye un relato. Los detalles, ahí está el secreto: como cuando cuenta, por ejemplo, que en la calle reproducía la sonrisa de la foto publicada en los periódicos para ilustrar la noticia de su secuestro. Habían pasado cuatro, cinco, seis años… La niña real ya no se parecía en nada a la de la fotografía, pero Natascha confiaba en que alguien reconociera aquella sonrisa. Si se hubiera tratado de una historia de ficción, a pocos creadores se les habría ocurrido algo así. Sólo a un genio. Ese gesto, por otra parte, en alguien que está física y psicológicamente atado a otro, contiene un grado de patetismo que provoca en el lector un movimiento de compasión, de empatía, de lástima. Es el tipo de precisión narrativa que contamina todo el relato, que lo hace creíble. Yo, piensa el lector, habría hecho lo mismo.

Luego está el asunto del ventilador. De lo primero que se queja Natascha al referirse al zulo, no es de su tamaño ni de altura ni de su oscuridad, sino del ruido del ventilador. A pocos creadores de ficción se les habría ocurrido un detalle tan eficaz. Es evidente que un agujero necesita ventilación mecánica y la ventilación mecánica produce un zumbido enloquecedor si uno está condenado a oírlo 24 horas. Perfecto.

Y no olvidemos el asunto de los regalos. Natascha había logrado imponer que su secuestrador le hiciera regalos por su cumpleaños y por Navidad. De ese modo, dice ella, no perdía el control del tiempo. De acuerdo, pero se trata, sobre todo, de un detalle que dice mucho acerca de cómo eran las relaciones entre el hombre malo y la niña. En un trato tan prolongado se establece necesariamente una lucha por ver quién manda. Mandaba el secuestrador, claro, pero la secuestrada iba obteniendo, a medida que pasaban los meses, pequeñas parcelas de poder. Uno puede describir esta lucha en diez páginas o en medio folio. Si das con una anécdota que contenga el valor simbólico apropiado, puedes hacerlo en tres líneas. Es lo que consiguió Natasacha al referirse a los regalos. Genial. Si a ello añade que ella era psicológicamente más fuerte que su amo, todo encaja, todo se hace creíble y la maquinaria del relato funciona con la precisión de un reloj japonés.

La diferencia entre un creador de ficción y la chica austriaca es que ésta no tuvo que inventar nada. Contó lo que le sucedió. Pero podía haberlo contado mal. Lo hizo bien porque seleccionó con inteligencia los materiales narrativos. Extrajo, de entre todos los posibles, aquellos que podían tener más significado impartiendo de paso una lección de economía narrativa. Natascha nos dio en su primera comparecencia pública un hueso que los aficionados a las historias nos vamos a pasar royendo durante los próximos años. Fíjense, si no, en este otro detalle: cuando por fin decide huir dejando encendida la aspiradora con la que estaba limpiando el coche, salta un seto del jardín y entra en la vivienda más cercana para pedir socorro a la primera persona con la que tropieza, que resulta ser una vecina cuya preocupación no es que Natascha lleve ocho años secuestrada, sino que le está pisando el césped.

—Oiga, señora, soy la niña secuestrada hace ocho años.

—De acuerdo, de acuerdo, pero no me pises el césped.

Si hasta este momento Natascha nos había hecho una descripción perfecta de su cautiverio, ahora nos describe en una sola frase cómo es el mundo al que llega. Si el rasgo de identidad más fuerte del zulo era el ventilador, la característica principal del mundo exterior es el miedo a que nos pisen el césped. Así son las cosas. Piensen, por poner un ejemplo, en los cayucos. Toda esa gente famélica y muerta de frío que viaja en ellos hace, nada más llegar a la costa, lo mismo que Natascha con la vecina de su secuestrador: nos piden socorro asegurándonos que vienen del infierno, donde han permanecido años secuestrados por el hambre, el calor, la sed y las enfermedades. ¿Y qué es lo que les respondemos nosotros? Que no nos pisen el césped.

El relato de Natascha está también lleno de incógnitas, pero esa es otra de sus virtudes. ¿Por qué no escapó, por ejemplo, en una de las numerosas oportunidades que al parecer tuvo? Me temo que para comprender eso de manera profunda tendremos que esperar a que escriba su historia. Estamos deseando que lo haga, pues pocos relatos poseen la carga simbólica del suyo. La sonrisa, el ventilador, los regalos de cumpleaños y navidad, el césped. Cuatro pinceladas que describen un mundo.

(Juan José Millás)

Envío 319

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 5:10 pm on Domingo, Junio 18, 2006

Besos

Creo que es la cosa que más me gusta: los besos. Sí, es cierto que me gustan muchas cosas: escribir, nadar, comer jamón, gambas y sushi, ir de compras, los bolsos y los pendientes… pero si me tuviera que ir a una isla desierta y sólo me pudiera llevar cosas, me iría con besos.

No me gustan todos, sólo algunos, pero los que me gustan, me encantan.

Me gustan los que son suaves. Por ejemplo, los besos en la frente. Son como de guardería, de cuento con dibujos y letras grandes y final feliz. Son azules, como las estrellas. Esos, me gustan.

Me gustan los sentidos. Me encantan los de abuelas. La mía los hacía sonoros, repetidos y chupados. Era capaz de sorber el cachete y dejarte marcas, pero eso siempre era mejor que sus pellizcos cariñosos en la cara. Mi abuela, qué graciosa era. Daba pocos besos, quizás por eso tenían tanto valor.

Los de mi prima Rocío también me gustan. Bueno, los de toda mi familia. Al principio del verano, una tarde larga, de esas de después de piscina y traje de domingo. En el paseo del Segura, nuestro pueblo. Besos que se arremolinan: sobrinos que te dejan la cara peguntosa, tías y primas que siguen puntualmente el protocolo familiar (un beso sólo en la mejilla) y mi madre, que siempre viene y me revuelve la cara para volverme a dar un beso.

De siempre me han gustado los besos de noche. Los que vienen atados como con un cordel a las pasiones, los que te erizan la piel o te ponen los ojos brillantes. Me gustan los que me dejan sin aliento y los que se llevan las palabras. Los que me hacen cosquillas en el cielo de la boca y los que acarician con la lengua una de mis más rotundas sonrisas.

Me gustan los besos de mi barrio. Los besos de mi barrio en verano. Cuando cantan los pájaros, que sigo sin saber si es un cuco, una lechuza, una tórtola o los tres a la vez, pero que nunca se cansan de cantar en estas noches que son más largas de lo normal. Los besos de mi barrio, que en este tiempo de calor huelen a dama de noche y están tan callados, como las calles dormidas de los naranjos que andan pegados a las aceras.

El viernes me gustaron tus besos. Tus besos largos. Y soñar contigo después, porque es lo que tengo… Me dan un beso y me escapo a la luna, salgo corriendo y me escondo en mis sueños.

Un beso con braquets. Besos suaves y tiernos. Besos mágicos. Besos experimentales… Y puedo decir que sí, que también me gustan los besos con braquets. ¿Te he dicho alguna vez que me gustan los besos?

(Pilar López Casquete de Prado)

Envío 318

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 3:48 pm on Viernes, Junio 16, 2006

¿Amar o depender?

Cuentan que una bella princesa estaba buscando consorte. Aristócratas y adinerados señores habían llegado de todas partes para ofrecer sus maravillosos regalos. Joyas, tierras, ejercitos y tronos conformaban los obsequios para conquistar a tan especial criatura. Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo, que no tenía más riquezas que amor y perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:

-Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor… Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas… Esa es mi dote…

La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar:

-Tendrás tu oportunidad: Si pasas la prueba, me desposarás.

Así pasaron las horas y los días. El pretendiente estuvo sentado, soportando los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente vasallo siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento. De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, la cual, con un noble gesto y una sonrisa, aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas. Incluso algunos optimistas habían comenzado a planear los festejos.

Al llegar el día noventa y nueve, los pobladores de la zona habían salido a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto, cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la infanta, el joven se levantó y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa:

-¿Qué fué lo te que ocurrió?… Estabas a un paso de lograr la meta… ¿Por qué perdiste esa portunidad?… ¿Por qué te retiraste?…

Con profunda consternación y algunas lagrimas mal disimuladas, contestó en voz baja:

-Mi amada princesa no me ahorró ni un día de sufrimiento… Ni siquiera una hora… No merecia mi amor….

(Walter Riso)
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El merecimiento no siempre es egolatría, sino dignidad. Cuando damos lo mejor de nosotros mismos a otra persona, cuando decidimos compartir la vida, cuando abrimos nuestro corazón de par en par y desnudamos el alma hasta el último rincón, cuando perdemos la vergüenza, cuando los secretos dejan de serlo, al menos merecemos comprensión.

Que se menosprecie, ignore o desconozca firmemente el amor que regalamos a manos llenas es desconsideración o, en el mejor de los casos, ligereza. Cuando amamos a alguien que además de no correspondernos desprecia nuestro amor y nos hiere, estamos en el lugar equivocado. Esa persona no se hace merecedora del afecto que le prodigamos. La cosa es clara: si no me siento bien recibido en algún lugar, empaco y me voy. Nadie se quedaría tratando de agradar y disculpandose por no ser como les gustaría que fuera.

No hay vuelta de hoja. En cualquier relación de pareja que tengas, no te merece quien no te ame, y menos aún, quien te lastime. Y si alguien te hiere reiteradamente sin “mala intencion”, puede que te merezca pero no te conviene…

Envío 316

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 2:57 pm on Viernes, Junio 9, 2006

Fidelidad

Fidelidad es lealtad. Una persona fiel o leal es aquella que se mantiene constante en sus afectos o en el cumplimento de sus obligaciones o en la fe que uno debe a otro. Fiel es aquél que no defrauda la confianza que se deposita en él. La fidelidad limita con la gratitud, la persona leal ha recibido un bien de otro y no olvida. Es la virtud de la memoria o la memoria como virtud. Dichoso aquél que puede dar sin recordar y recibir sin olvidar.

Infiel es el que traiciona, el ingrato que olvida y prefiere las 30 monedas. Es el pobre Judas.

La fidelidad precisa de la memoria pero también de la voluntad, porque la fidelidad es también virtud de permanencia, de constancia. En un mundo donde todo cambia, donde todo fluye, donde nunca el mismo hombre se baña en el mismo río, sólo es posible mantenerse en lo mismo gracias a la memoria voluntaria que es la fidelidad. Silvio Rodríguez en una de sus mejores canciones lo expresa así: “Y como pasa el tiempo, que de pronto son años, sin pasar tú por mí, ¡detenida!”.

La fidelidad en el ámbito de la pareja se une a exclusividad. No es así en otros ámbitos como en la amistad, donde ser fiel a un amigo no significa tener un solo amigo; o en el de las ideas dónde ser fiel a una idea no es afortunadamente tener una sola. Pero, ¿qué es ser fiel a la pareja? Espero que nadie exija la ausencia de deseo por cualquier otro hombre o mujer. Ya hablamos un día de los sueños inconfensables, así que no creo posible eso de hasta en sueños te he sido fiel. Es inevitable el deseo, pero la satisfacción de mi deseo no puede llevar al sufrimiento a la persona a la que amo, a traicionarla, a poner en riesgo nuestra historia. Una pareja no es pareja sólo porque mantengan relaciones sexuales o porque vivan juntas. Una pareja es tal si entre ellos hay amor y duración. La pareja es algo muy valioso y por eso no puede fundamentarse en la pasión, eso sería confiarla a algo demasiado efímero y que casi siempre declina. Si la pareja es amor que dura, entonces es la fidelidad su fundamento, porque el amor sólo dura si hay memoria y voluntad. La fidelidad es esa mezcla de confianza y gratitud a un amor recibido y dado, a un amor compartido. Fidelidad es memoria y es historia, pero también es voluntad y presente. La fidelidad es amor presente, voluntario y voluntariamente mantenido, del amor pasado. Es amor al amor.

(Benito Peral)

Envío 310

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 4:51 pm on Martes, Mayo 30, 2006

El suicidio de África

África es un excelente ejemplo de cómo, a menudo, no hay peor cura para un enfermo que la supuesta buena voluntad de quien, erigiéndose en doctor sin ser más que curandero, se esfuerza en aplicar sus remedios más para sanear su conciencia que para devolverle la salud a quien se ha puesto en sus manos. Las cifras desmienten la eficacia de esos esfuerzos: África es el único continente del mundo que está hoy peor que hace 40 años. También se ha convertido en el disfraz perfecto de aspirantes al Nobel como Bob Geldof. Sus documentales para la BBC -escritos y filmados con una propensión a la cursilería estomagante- presentaban a África como una hermosa inválida cuyas enfermedades proceden de la actitud de Occidente. Casi se exige a Occidente que remedie lo que causó. Por supuesto, Geldof decía poco acerca de las barbaridades de los dirigentes africanos, de su incapacidad democrática, de las pérdidas de dinero donado que sólo han servido para hacer más ricos a los ricos.

Para entender por qué África, como se decía en los documentales de Geldof, se muere, hay que leer un libro tan impolíticamente correcto y convincente como Negrología, de Stephen Smith, editado por Debate y subtitulado Por qué África muere. Smith parte de la convicción de que liberar de su responsabilidad a los africanos, como si el continente tuviera la misma capacidad de decisión que los párvulos de una guardería, es entender que hay una conspiración universal para que África no levante cabeza. Los hechos son de una obscenidad apabullante: desde los años 60, cuando cobraron independencia muchos Estados, la mayoría de los países africanos han sido controlados por tiranos abyectos y exuberantes que han llenado volúmenes y volúmenes con sus anécdotas histriónicas y sanguinolentas.

Miles de ministros corruptos y funcionarios sin escrúpulos se enriquecieron hundiendo a sus países, decenas de guerras civiles sembraron la tierra de cadáveres: apenas ha habido un atisbo de constitución de sociedad civil lo suficientemente poderosa como para que en algún lugar de aquella tierra pueda hablarse de la existencia de un Estado. La élite intelectual huye en pos de una vida menos sujeta a la voluntad de un tirano, una mafia o a los encantos salvajes de la absoluta inoperancia.

Identificar el mal que atenaza a África con Occidente es liberar a los africanos de la responsabilidad de los pueblos de inventarse un destino. Una circunstancia que aprovecha la religión islámica para ganar territorios (Sudán, por ejemplo).

No es extraño que el libro de Smith haya exasperado a lo que llama negrólogos, blancos y negros amigos de África que la liberan de toda su responsabilidad. Sus ejemplos les hará temblar: 400.000 ciudadanos de Sierra Leona viven en Londres y Estados Unidos, mientras el país carece de masa crítica.

La conclusión de Smith es tajante: la élite africana no cree en su continente, pero se instala en la esquizofrenia exacerbada por el racismo del que es víctima en los países de acogida. Estos acaban por ser culpables de las desgracias de sus patrias.

Smith trata de combatir una doble hipocresía: la de los occidentales que no dicen la verdad a los africanos, aunque saben que están condenados a menos que cesen en su colectiva labor de autodestrucción (hitos: el genocidio tutsi, un episodio espeluznante que puede rastrearse en las obras de Philip Gourevitch y de Jean Hatzfeld); y la de los africanos que, “encaramados en su dignidad de hombre negro”, rechazan cualquier crítica radical para no perder la pensión alimenticia que obtienen del sentimiento de culpa de Occidente.

Lo dijo Jean Paul Ngoupandé en 2002: “Reventemos si ése es nuestro deseo, pero no culpemos a nadie más que a nosotros mismo”. Negrología es un libro imprescindible que demuestra que África se muere de un suicidio asistido por sus amigos.

(Juan Bonilla)

Envío 308

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 3:06 pm on Viernes, Mayo 26, 2006

La noche es coca

«La noche es coca, tía». Eso dice mi amiga Carmen, en una siguiriya electrónica que ha compuesto con todo el arte del mundo. La noche es coca. Ni joven, ni larga, ni loca, ni ná. Pura coca. Cocaína, digo, por si alguien no me ha querido entender. Cocaína p´arriba y cocaína p´abajo. En los bares y en la calle. Gente mirándose, al acecho por ver quién se va al baño. Gente que no para de mandibulear, de hablar sin escucharse, de beber sin emborracharse. Gente que no para de hacer cosas para acabar la noche sin haber hecho nada.

Ya la coca pertenece a todos, no es ni de gente de dinero, ni de artistas, ni de intelectuales. Ni siquiera tiene el desolador encanto de lo marginal. La coca es democrática, es la droga del funcionario. Sirve para hacer que uno crea que lo mediocre se puede convertir de una esnifada en algo especial y poderoso. Por eso es más devastadora que el caballo. Porque es mentirosa. Porque la gente todavía piensa que tiene caché, que tiene glamour. Ya ves tú, qué glamour. El propio ritual no puede ser más cutre y desangelado: la tapa de un váter.

La noche es coca, no se engañen, ni los que están alrededor, ni los que están dentro, creyéndose tan importantes. Pura coca, pura ansiedad, pura inquietud, pura insatisfacción, pura incomunicación, pura mierda.

(Ana López Segovia)

Envío 305

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 2:20 pm on Martes, Mayo 23, 2006

Héroes

Hace dos domingos no era posible encontrar una habitación de hotel libre en Barcelona, porque Fernando Alonso corría en el circuito de Montmeló y la ciudad estaba llena de aficionados. En los pasillos de mi hotel me crucé con jóvenes y no tan jóvenes que gritaban y se reían como si estuvieran participando en un alegre botellón. Y el domingo pasado, media Sevilla estuvo paralizada durante casi dos días para que Fernando Alonso, escenificando su Roadshow, se pusiera a correr a 230 kilómetros por hora por las mismas calles por las que los padres tienen que llevar a sus hijos al colegio. El proceso de infantilización de nuestra sociedad avanza a la misma velocidad que los monoplazas de la Fórmula1. Ahora mismo debemos de tener una edad mental de siete años. Y al paso que vamos, dentro de siete años habremos alcanzado la edad mental de un bebé.

Algunos ingenuos se sorprenden de que Fernando Alonso se haya convertido en una persona esquiva, huraña y desdeñosa. Pero ¿qué quieren? Ante este hombre, cuyo único mérito consiste en conducir a velocidades estrambóticas por algunos de los lugares más horribles del mundo, se arrastran reyes, políticos, alcaldes, grandes multinacionales y cadenas de televisión. Las ciudades se paralizan en su honor y los ciudadanos sufren con un prudente silencio, como si se tratara de hemorroides, las molestias que causa su presencia. Y encima es joven, guapo y multimillonario (aunque quizá, en proporción a lo que gana, pague muchos menos impuestos que usted y yo: la ley es muy benévola con los héroes). En estas circunstancias, lo más normal es que a cualquiera se le vaya la olla.

Quizá yo sea anticuado y cascarrabias –lo soy–, pero no entiendo por qué Fernando Alonso se ha convertido en un héroe de nuestra sociedad. El mérito real, el heroísmo diario, la verdadera importancia social, no tiene nada que ver con sus vacuas exhibiciones de velocidad. ¿Quieren saber qué clase de personas deberían despertar nuestra admiración y nuestro entusiasmo? Pues bien, piensen en una maestra que se empeña en educar a treinta niños malcriados durante ocho horas seguidas. Piensen en un médico que se obstina en hacer bien su trabajo sin que nadie se lo agradezca. Piensen en un funcionario que no se deja vencer por la desidia. Piensen en un barrendero minucioso que recoge la porquería que los demás vamos dejando atrás. Piensen en un juez escrupuloso, en un conductor responsable, en un policía que se juega el tipo por un salario de risa. Piensen en un político que no se deja comprar por un constructor (sabiendo que tantos otros lo hacen y no les pasa nada). Piensen en un voluntario que intenta hacer tolerable la vida de los inmigrantes que llegan a nuestras costas. Piensen en una madre con tres hijos y un sueldo ridículo y un piso de cuarenta metros cuadrados y un marido que se fue a comprar tabaco. Ellos sí que se merecen los aplausos. Y en cuanto a Fernando Alonso, me temo que su heroísmo sólo tiene sentido en unos escenarios tan desolados e inhumanos como son los circuitos de alta velocidad, esos lugares donde no hay, ni habrá nunca, un solo atisbo de dolor y dignidad y belleza. Lo siento mucho, pero la vida de verdad está en otra parte.

(Eudardo Jordá, Diario de Cádiz, 23/05/06)

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Con bultos

Abre bien los ojos y las verás: están por todas partes, aunque su modestia hace que se fundan con el entorno y pasen inadvertidas. Me refiero a las mujeres con bultos. Suelen tener una edad indefinida, por lo general más bien madura, pongamos entre los cuarenta y los sesenta. Por supuesto, no saben conducir y no tienen coche, de ahí lo de los bultos que siempre acarrean de un lugar a otro: baratas mochilas deportivas, bolsas de plástico. Suelen vivir en el extrarradio de las ciudades y trabajar muy lejos de su hogar (como asistentas, o cuidadoras de ancianos, o auxiliares de clínica en los hospitales), de manera que transportan sus bultos de acá para allá en largos trayectos combinados de metro y autobús. Otras no trabajan, es decir, no poseen un empleo ni reciben sueldo, pero se desloman igual, atravesando el mundo para cuidar a los nietos mientras la hija se marcha a la oficina, o para dar de comer a los padres viejos y limpiarles la casa. Y siempre van con las manos llenas de bolsas, porque llevan y traen ropa para lavar, y hacen la compra en un hiper lejano porque es más barato, y transportan cosas, y hacen recados.

Deben de ser bastante pesados esos bultos, o al menos engorrosos de llevar durante largos trayectos, pero estas mujeres son briosas y resueltas, y si no son fuertes al menos son estoicas, capaces de aguantar lo que les echen. Es más, caminan siempre apresuradas por la calle, porque tienen demasiadas cosas que hacer y no pueden perder el tiempo lamentándose. Años de costumbre han hecho que acarreen sus bultos como si formaran parte de sus brazos. Suelen ser señoras pequeñas, algo rollizas, a veces emigrantes, mujeres vitalistas y animadas, mujeres extremadamente generosas, abnegadas cuidadoras de todo el mundo. El otro día vi a una en un hipermercado junto con su hijo. Ella cargaba un par de bolsas en cada mano, y a su lado el gamberrillo del muchacho, de unos diecisiete espigados años, iba sin nada. Nadie las tiene en cuenta, pero son un poderoso motor social y de ellas dependen innumerables familias. Abre bien los ojos y míralas: siempre tan afanosas y tan silenciosamente entregadas a hacer lo que deben. Admirables y heroicas mujeres con bultos.

(Rosa Montero, El Paísm 23/05/06)

Envío 296

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 2:14 pm on Martes, Mayo 9, 2006

Una mano amiga

El pentapléjico que murió en Valladolid el jueves pasado, cuando ya llevaba algún tiempo muerto, había pedido ayuda a una asociación proeutanasia pero no la consiguió por esa vía. «Necesito la mano que sostiene el vaso», había dicho. La Policía investiga ahora quién pudo ser el propietario de esa mano para acercar el vaso a sus labios, en vez de dedicar todas sus pesquisas a investigar a los depredadores marbellíes y aclararnos cómo el Cachuli, que no es más que uno de los miembros de la banda, y otros tipos del mismo jaez se hicieron millonarios en euros firmando autógrafos en unos papeles. Unos papeles que permitían a otros sujetos de la misma calaña edificar grandes edificios en terrenos destinados a construir jardines y colegios.

Cuando Arthur Koestler y su mujer fundaron una sociedad llamada ‘Exit’, intentaron en vano explicarnos que no se trataba de matar al abuelito porque tosía mucho, sino de abreviarle los trámites, a reiterada petición del interesado, a enfermos desahuciados que padezcan dolores insufribles. Los fundamentalistas religiosos, que pueden pertenecer a cualquier religión, volvieron a insistir en que la vida es sagrada, pero no entraron en detalles de a qué vida se referían. ¿Quizá a la de la persona que precisa colaboración para rascarse y para limpiarse el culo? Hay gente tan piadosa que prefiere que estos desventurados prolonguen su agonía «hasta que Dios quiera» llevárselos y mueren entre horribles sufrimientos. Creer en un Dios así se las trae, pero ya sabemos que la fe es un don.

La película ‘Mar adentro’ hizo algo muy importante por acercarnos no sólo a la racionalidad, sino a la compasión. ¿Quién será el dueño de la mano que sostuvo el vaso del pentapléjico de Valladolid? Yo, que aún puedo sostener mi vaso, brindo por él.

(Manuel Alcántara, 9-05-2006)

Envío 286

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 3:15 pm on Viernes, Abril 21, 2006

“Que nos llamen pueblo andaluz”.

(Rosa Aguilar)

“Andalucía tiene tal identidad, que la presta a España sus excedentes”.

(Carlos Castilla del Pino)

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Realidad nacional, nacionalidad

REALIDAD nacional, lo que se dice realidad nacional… la verdad es que no la siento. Realidad cultural, sí. Realidad sentimental, también. Y no toda sentida por igual. Mi Andalucía –que es la vivida desde Sevilla: parta cada cual de su propia vividura– se ordena en cielos ascendentes, como el Paraíso de Dante. En el primero está la remota Almería y en el segundo la esquiva Málaga. En el tercero están Jaén y Granada, las ciudades primas hermanas a las que me une un parentesco cálido pero algo lejano. En el cuarto están las queridas y admiradas Cádiz y Córdoba, tan próximas, tan distintas, tan secreta y sanamente envidiadas por mí y por muchos sevillanos que querrían para su ciudad la severa proporción –tan bien conservada– de la segunda o la luz y la desvergonzada gracia marinera de la primera. En el quinto está la Huelva de mis veranos de dunas, pinos, arena fina, olas breves, aguas quietas, amaneceres con olor a romero y atardeceres malvas. Y en el sexto cielo está Sevilla, mi tierra, mi casa, mi memoria.

Esta es una perspectiva personal y sevillana. Desde otra más general Andalucía es las rocas de Despeñaperros y los ondulados mares de olivos, sembrados de haciendas blancas, de los hermosos campos de Jaén que nos saludan cuando volvemos a ella. Creo que una mayoría de andaluces –cada uno desde la perspectiva de su tierra propia– siente así Andalucía. Hijos de los repobladores castellanos –impregnados por el clima, las ruinas y la sugestión cultural del islamismo al que afortunadamente vencieron y del judaísmo al que desgraciadamente expulsaron–, los andaluces carecemos de los hechos diferenciales históricos y lingüísticos que, devenidos en patologías nacionalistas, singularizan a vascos y catalanes. Los difíciles equilibrios autonómicos de la Transición, necesarios para alcanzar la plenitud democrática de la que hemos gozado durante treinta años, han traído los actuales traspiés nacional-estatutarios. Es cierto que en vez de normalizar democráticamente la cuestión vasca y catalana parece que ellos han logrado inocularnos a todos la irracionalidad de sus anacrónicos nacionalismos, hijos tardíos y deformes del siglo XIX que nos complican el XXI. Pero si entonces lo oportuno fue la solución autonómica, ahora parece serlo el avance estatutario: no cabe vuelta atrás.

Afortunadamente los andaluces somos tan poco nacionalistas que no nos afecta demasiado que nos definan como “realidad nacional”. Hubiera sido preferible lo de “nacionalidad histórica” que al principio el PSOE propuso con el visto bueno del PP y después cambió para congraciarse con el PA para, al final, perder el apoyo de los dos y distanciarse de la mayoría de andaluces que no albergan más sentimiento nacional que el español y están preocupados por cuestiones más urgentes. Para solucionarlas, y no para estos bizantinismos nominales, elegimos y pagamos a nuestros políticos.

(Carlos Colón)

Envío 282

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 6:56 pm on Lunes, Abril 17, 2006

La República, de vacaciones

TAMBIÉN es mala suerte que el 75 aniversario de la II República caiga en viernes santo, con Madrid vacío y la gente haciendo viajes exóticos, viendo procesiones o comiendo espetos de sardinas. La fecha impedirá que la conmemoración tenga el relieve que se barruntaba durante los últimos meses, en los que se ha vivido un revival de la República y de la Guerra Civil que se ha hecho notar tanto en los debates políticos como en los medios de comunicación y en las mesas de novedades de las librerías.

El miércoles pasado, en el Congreso de los Diputados, José Luis Rodríguez Zapatero dijo que “la España de hoy mira a la España de la Segunda República con reconocimiento y satisfacción”. Dudo que a la mayoría de los españoles les provoque cualquier sentimiento –ni positivo ni negativo– ese trozo de nuestra historia. No cabe duda, en cualquier caso, de que la II República fue, en su inicio, un período esperanzador durante el que se pretendía modernizar nuestro país y atenuar las inmensas diferencias de clase. Sin embargo, el experimento fue un fracaso.

Es muy difícil construir una democracia sin demócratas, y la II República fue boicoteada tanto por la derecha como por la izquierda. Se levantó una trinchera sobre la cuestión religiosa y ambos bandos, alternativamente, se opusieron a las leyes modernizadoras. No sólo la derecha: recordemos –aunque en estos días se suela confundir los hechos– cómo Clara Campoamor, hoy prohijada por los socialistas, logró conquistar el voto femenino con la fuerte oposición del PSOE, que consideraba que las mujeres eran más influenciables y votarían por los conservadores. Por si todo eso fuera poco, el convulso ambiente de Europa acabó con los sueños de paz y libertad del 14 de abril de 1931 y convirtió a España en campo internacional de maniobras.

No es el de la II República un período histórico que pueda darnos envidia. Más bien al contrario, los españoles de los años treinta no podían ni soñar que algún día este país fuera libre, confortable, asegurase como derechos universales la salud y la enseñanza y demostrásemos ser capaces de vivir en paz. Está bien que se conmemore el hecho histórico, por frustrante que fuera, y que se recuerde en nuestros callejeros a los más destacados dirigentes republicanos. Tenía razón el senador de ERC Carles Josep Bonet i Reyes cuando el miércoles pedía una calle de Madrid para el presidente Niceto Alcalá-Zamora, aunque resulte paradójico que la petición proceda de un seguidor de Lluís Companys, que tan mal se lo hizo pasar a don Niceto.

Lo único malo de estas conmemoraciones es que están frecuentemente adulteradas por el sectarismo político que busca proyectarse sobre los bandos en disputa de aquellos años. Es un empeño estéril: los españoles de hoy sólo podemos encontrar en la memoria de aquel tiempo ejemplos de lo nunca debería volverse a repetir.

(Félix Bayón)

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La República

CON este aniversario de la Segunda República Española, hemos asistido a la reedición, sutil aunque corpórea, de los mismos argumentos que, entonces, significaron su fin. Vivimos un falseamiento de la Historia que lastra nuestro desarrollo presente y posterior. Es cierto que no se puede idealizar, desde un conocimiento riguroso, al régimen que asistió impávido, impotente quizá, a las quemas de conventos, a las violencias de la turba y a la indefensión de una parte de la población que no se vio amparada por un Estado que lo mismo protagonizaba la masacre de Casas Viejas que aceptaba, por acción u omisión, el asesinato de Calvo Sotelo. Sin embargo, de ahí a criminalizar a la República en su más vasta extensión hay un trecho, y de ahí a convertir a los golpistas en héroes de la patria, hay un trecho mayor que hoy recorren, siniestros y conscientes, varios historiadores. A nadie se le ocurre, en Alemania, decir que Hitler fue malo, pero no tanto, que no gaseó tanto, y protestar si le retiran una estatua. Esto, sin embargo, por disparatado que parezca, forma parte de nuestro debate actual. Porque una cosa es no mitificar, y otra muy distinta mentir bellacamente.

La Segunda República Española fue un sueño no de piedad, ni de solidaridad, sino de estricta justicia. No es cierto que la República legislara en contra de la mitad de la población: por el contrario, se limitó a procurar, precisamente, que esa misma mitad no continuara con la suela de la bota sobre el cuello de la otra mitad. Una sociedad constituida mayoritariamente por jornaleros sin tierra, con el 90 por ciento de sus individuos sin alfabetizar, era, también, una sociedad constituida en el abuso. Los republicanos siempre estuvieron solos. Los acorralaron por uno y otro lado: el lado de los golpistas, criminales –en el más justo sentido jurídico, porque se alzaron contra el régimen que habían jurado defender– que disfrutaron su botín durante cuarenta años, y el lado soviético, el lado comunista –que tantos laureles se cuelga ahora–, que no era fiel a la República, sino a Moscú. Entre unos y otros se cargaron la República, que fue un sueño de equidad, y no tenía nada que ver ni con las dictaduras militares ni con las dictaduras del proletariado. El sueño era la educación, hacer ciudadanos libres con la conciencia libre, terminar con la unión indisoluble entre la Iglesia y el Estado, algo más propio de la sociedad feudal que de los tiempos modernos que inmortalizara Chaplin: algo comúnmente aceptado, hoy, en todos los países, aunque al parecer no en España. El sueño era La Barraca y la Institución Libre de Enseñanza, tantos maestros republicanos represaliados después. Lo que nos diferencia del Medioevo, ayer y hoy, son las elecciones. Hay que respetar sus resultados: no como en Italia, no como en nuestro pasado más reciente, no como sucedió en la muy hermosamente derrotada Segunda República Española.

(Joaquín Pérez Azaustre)
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Banderas Tricolores

Setenta y cinco cumpleaños ya,
de la kermesse tricolor tan breve,
y todavía el viento viene y va,
de flor de lis a flor que no se atreve

a cantar la canción del ojalá,
a manchar la impostura de la nieve,
revisionistas del ni fu ni fa,
Houdinis con paraguas por si llueve.

Cunetas con cadáveres azules,
Casas Viejas, Azañas calumniados,
boinas rojas, rastrojos de gandules,
Unamunos deshunamunizados.

Celos de Maldoror, hielos de tules,
Bergamines, Albertis, Aubs, Machados,
Federicos, Cernudas, oles, hules,
Leones Felipe, Fallas desgranados.

Miguel Hernández, negro sobre negro
y luego el paredón y la venganza,
vírgenes necias, lágrimas sin suegro,
poco Quijote, tanto Sancho Panza.

(Joaquín Sabina)

Envío 267

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 3:13 pm on Miércoles, Marzo 22, 2006

Los “botellones”

Si yo tuviera 18 años, acudiría a los botellones. Como tengo muchos más, me llevo las manos a la cabeza cuando oigo hablar de ellos. Por supuesto que los macrobotellones son un monumento al gamberrismo, la suciedad, las borracheras, la mala educación, la mala música y los malos modales, pero los futuros neurocirujanos y las futuras arquitectas de nuestro país se divierten en los botellones, igual que los futuros fontaneros y las futuras azafatas de vuelo. Cada época tiene sus formas de diversión, que gustan a los jóvenes y horrorizan a los adultos. Antes de cumplir los veinte años estuve en varios festivales de rock. No conozco los botellones, pero puedo asegurar que muchos jóvenes actuales se horrorizarían del barro, la suciedad y las incomodidades de aquellos festivales que duraban varios días seguidos y en los que actuaban Sly and the Family Stone o los Kinks. Ahora no me avergüenzo de haber ido a aquellos festivales, sino todo lo contrario. Las locuras conviene hacerlas cuando uno tiene edad de hacerlas, porque si no, uno acaba haciendo en su madurez, a destiempo, todas las cosas que no se atrevió a hacer cuando era joven.

La vida de un joven actual transcurre en una especie de cápsula aislada del mundo exterior. El ordenador es el sustituto de la vida social que antes transcurría en los bares, en los cines o en las calles. No sé si esto es bueno o malo –aunque la falta de contacto con la vida siempre es nociva para el desarrollo emocional de cualquiera de nosotros, y la vida son las nubes en el cielo, las charlas de los extraños en los autobuses, la mirada de un loco, un gato al sol, un viejo que pasea–, pero las cosas son como son. A esos jóvenes, que llevan una vida de reclusos en su cuarto diminuto de un barrio impersonal donde nunca pasa nada, la televisión y la publicidad los han halagado y endiosado desde que tenían cinco años, haciéndoles creer que el mundo era suyo y enseñándoles que tenían derecho a poseer cualquier capricho en cualquier momento (sus padres, por desgracia, se empeñaron en demostrarles que era así). Pero las noticias que les llegan del mundo exterior no son alentadoras: las perspectivas laborales son mínimas, un contrato en prácticas por el que no cobran nada es un chollo, y con dos másters y tres carreras les sale un trabajo de teleoperador por el que les pagan menos de 500 euros, y si lo rechazan hay cincuenta personas dispuestas a quedarse con su puesto.

O sea que tampoco es tan fácil ser joven en estos tiempos en que todo parece hecho a la medida de los jóvenes. Supongo que eso explica el fenómeno de los macrobotellones. Allí, en esa marabunta de miles de jóvenes que beben y escuchan música infame y hacen la señal de la victoria ante las cámaras de la televisión, los jóvenes conocen la vida en bruto, sin anestesia y sin cámara de aislamiento, esa vida extática y feliz que les han prometido y que ellos creen suya, aunque no hayan podido verla por ningún lado. Y allí también se olvidan de esa vida futura que los intimida y que no saben muy bien cómo deben afrontar, esa vida en la que su valía profesional valdrá muy poco o quizá nada. No es raro, después de todo, que casi ninguno de ellos tenga mucha prisa en hacerse adulto.

(Eduardo Jordá. Diario de Cádiz, 21/3/06)

Envío 241

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 8:06 pm on Lunes, Enero 2, 2006

CAMPANADAS

Una: que la vida no se quede sin trabajo, que a nadie se le ocurra despedirla o prejubilarla.

Dos: que no cambien las cosas que deben permanecer, que en invierno haga frío y en verano calor, y abril sea un mes lluvioso, y en mayo se acerque la tierra al sol, y los domingos desemboquen en los lunes, y después de las doce de la noche llegue la una de la madrugada, y luego venga el día con sus dedos manchados de rosa, y ella esté conmigo al despertarme.

Tres: que cambie todo lo que necesitamos cambiar para que la muerte lo tenga más difícil, y no firme contratos basura o exija horas extras a sus empleados, y el hambre no dispare como un asesino a sueldo, y los números de las divisiones y las multiplicaciones no parezcan calaveras en los libros de los negociantes, y se inauguren grandes cementerios de armas al aire libre, para que el agua de las tormentas oxide con furia el vientre de los cañones, y la espuela del rayo queme la pólvora, y la pezuña tranquila de los elefantes pise el mal corazón de los verdugos y el miedo cómplice de los que prefieren mirar hacia otro lado.

Cuatro: que sigan emocionándome las palabras de Cervantes, y la inteligencia melancólica de Borges, y las pensiones con mala reputación de Gil de Biedma, y los ojos adolescentes y posesivos de García Lorca, y las ciudades contadas por Galdós o por Dickens, y los versos de Neruda o de Alberti, y las habitaciones, los trenes, las butacas, los jardines públicos, la luz del día, las lámparas, las gafas y los libros.

Cinco: que los estudiantes se tumben en la hierba de los campus universitarios en cuanto llegue el sol de junio, y yo sepa disimular mientras cruzo con mi cartera hacia la biblioteca.

Seis: que tengan suerte todos los que acuden a una última cita, que no les hagan daño, que sean incapaces de dañar.

Siete: que sepamos distinguir a los periodistas de los calumniadores, a los columnistas de los sinvergüenzas, para que no dé asco abrir algunos periódicos, ni miedo entrar en un taxi con la radio puesta.

Ocho: que la mezquindad de los calumniadores y de los sinvergüenzas no consiga nunca cambiarnos el carácter.

Nueve: que Ludwig Van Beethoven no se canse de las orquestas, ni Chopin de los pianos, ni Discépolo de los bares solitarios, ni Morente de los metales que busca el viento en la mina de su voz, ni Lucian Freud de sus retratos, ni Woody Allen de los psicoanalistas de Manhattan, ni Francis Ford Coppola de las novelas que pueden llevarse al cine, ni mis hijos de mí.

Diez: que las fronteras y los dioses, ya que siguen empeñados en existir, hagan un cursillo rápido de conviencia, para que comprendan que no son perfectos, y sepan olvidarse de las ganas de molestar, de la ley del más fuerte, de la credulidad de los necesitados, de las llamas de los infiernos, de los comercios injustos, de las banderas manchadas de sangre, y del ojo por ojo, y del veinte por uno.

Once: que mis amigos sigan reuniéndose todos los martes en el restaurante de siempre, que no se olvide la luna llena de ponerse seria para vigilarnos desde las torres de la Alhambra, que el destino vuelva a salvar en Almería la belleza de aquella cala del mar Mediterráneo, que Mónica encuentre el novio que se merece.

Doce: y que el Granada Club de Fútbol ascienda este año a Segunda División B.

(Luis García Montero, El País, 31-12-2005)

Envío 201

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 9:53 pm on Jueves, Octubre 13, 2005

LA CHICA QUE ESCRIBE POSTALES

A pesar de la proliferación de Internet, y de que en cualquier rincón de una ciudad el viajero puede encontrar un cybercafé, todavía encontramos, sentada en la terraza de un café, la mochila a los pies, bajo la mesa, a la chica que escribe una postal.

Siempre me ha seducido esa estampa, esa pausa en el viaje que no está motivada por el cansancio, sino por la necesidad de hacer partícipe del viaje a los demás, esa tregua a los mapas y a los paisajes para rodear la soledad de recuerdos y rostros que no se olvidan; ese alto en el camino donde el viajero es un náufrago acomodado que va a lanzar su botella por el seguro mar de los servicios postales.

¿A quién escribe la chica esa postal, a quién la dirige? Desde luego, no a los padres. A los padres se les telefonea o se les pide dinero, pero no se les envía postales. El destinatario seguro es un amigo, una compañera de trabajo, puede que un amor granado o en proyecto. Si es un novio, la postal es larga, y las palabras se eligen con cuidado, porque el texto de la postal no tiene secretos. Debe contener afecto, pero no tanto que provoque la sonrisa del cotilla casual, y debe ser aséptico, pero con esas claves de las que sólo las parejas conocen su hermeneútica. Y si el que va a recibirla puede ser un enamorado potencial o en potencia, entonces todavía más pulimiento en la expresión, más elaboración, de tal manera que las insinuaciones sean suficientemente ambiguas como para ser interpretadas de manera diferente y descomprometida.

De vez en cuando, la chica que escribe la postal levanta la vista y mira a la gente sin ver, porque está mirando hacia adentro, hacia su ciudad, hacia su amigo, hacia su lugar de trabajo, ese equipaje que no pesa y del que nunca prescindimos, ese pertrecho que se agranda y se acumula con los años y la experiencia, y le acompaña aquí, en la terraza de de esta cafetería elegida al albur, estación de paso para un mensaje a punto de partir.

Siempre me ha seducido la chica que, solitaria y pensativa, escribe una postal, porque es la protagonista de una novela en sus primeros capítulos, la heroína de carne y hueso de un relato auténtico, con muchos de los invisibles personajes a su alrededor, ajena a las otras vidas, a las otras novelas que pasan sin mirar, cerca de donde ella se ha sentado con su mundo.

(Luis del Val)

Envío 195

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 9:42 pm on Miércoles, Agosto 31, 2005

El hombre del que no se sabe demasiado

ES UNA DE LAS PERSONAS más expuestas de España. Está al menos siete horas diarias, de lunes a viernes, al frente de su programa, Hoy por hoy, de la SER, que esta semana cumplió 18 años. Este viernes le han dado un premio en Pontevedra; es el número 250 de su colección. La gente se refiere a él como Iñaki, y ese nombre, Iñaki, ya lleva aparejado tanto su apellido como su propia historia. Con él, la familiaridad del oyente alcanza niveles de cuarto de estar, y de cama incluso. Cuando hizo la emisión con la que Hoy por hoy celebraba la mayoría de edad, muchos oyentes le escribieron o le llamaron como si todos hubieran sido sus compañeros de pupitre, sus amigos de la adolescencia o los confidentes de la madurez.

Uno de los hombres más expuestos de España. Y sin embargo, poco se sabe de él. Juan José Millás, que quiso hacer un reportaje sobre él siguiéndole desde que se levanta, a las cuatro de la madrugada, hasta que se va a la cama, como las gallinas, a las diez de la noche, tiene una teoría: en realidad, Gabilondo no se oculta a las horas sociales para irse a la cama como un monje y levantarse al alba como un asceta porque tenga que hacer Hoy por hoy: hace el programa para poder hacer esa vida monacal. Va a la ópera o a los conciertos porque su vocación es la música, pero aun en esas ocasiones sale corriendo, literalmente, con el pretexto de que le esperan el sueño y su programa. Pero se va porque se va: algunos de sus allegados dicen que es el peor relaciones públicas de sí mismo, y ha debido tener un talento formidable (ésa es su palabra favorita, por cierto: formidable) para llegar al éxito que tiene, pues ni hace vida social ni responde llamadas, y cuando las responde se equivoca de número.

La ambición y la vanidad las mitiga como un franciscano. Al dinero también se ha negado; en este tiempo de cheques, nadie especula con las ofertas que recibe o rechaza. No es de ese mundo. Su relación con la vida cotidiana es un mecanismo de precisión: se levanta tan temprano para leer filosofía; por la noche lee novelas, o ensayos; jamás ha hecho una entrevista a un escritor cuyo libro no fuera leído por él. Y antes de ponerse delante del micrófono se concentra en el silencio de la música, que es su compañía total, después se despoja de los cascos y se abalanza al micrófono como si viniera en tromba. Su hermano el filósofo, Ángel Gabilondo, rector de la Autónoma, cree que cuando se indigna (y episodios de indignación ha protagonizado muchos en la última etapa de nuestro país: él lo ha dicho, ha sido una época excepcional que le ha enrabietado) se pone de manifiesto su disgusto por “las palabras desajustadas, y un adjetivo mal puesto puede ser para él como la ruptura del equilibrio”.

De chico hacía programas de radio en su casa, o jugaba con las palabras. Su familia era de muchos hermanos; él, con 62 años (que cumplirá el 19 de octubre), siempre fue el mayor, y ejercía. Serio, grave, es también un bromista que disfruta con los chistes de baja intensidad. Su hermano Ramón me ha recordado elementos familiares que explican sus pasiones, el periodismo y la música: el abuelo paterno (Pedro Gabilondo Epelde, de Azkoitia) escribía artículos en la prensa local, y era también un gran conversador, y su padre practicaba la música con entusiasmo. Su héroe fue Robin Hood; esa cicatriz que tiene en el labio superior se la hizo a los cinco años con la lanza que le hacía parecer Robin de los Bosques.

Nunca tuvo agenda, pero ahora mantiene una; ajeno al ordenador siempre escribe a mano, y está muy atento a lo que le dicen los jóvenes de su alrededor. En el programa de los 18 años, su compañero Luis del Val dijo de él que es un hombre que se exige mucho a sí mismo, y es implacable con el entorno. Siempre se está yendo, excepto cuando se sienta ante el micrófono, cuando habla y escucha. Y cuando se va, ¿adónde se está yendo? Es melancólico y ciclotímico, como cualquier hiperactivo, así que cuando se va tan rápido de tu lado se va a encontrar con alguien que ha buscado siempre: Iñaki Gabilondo.

(Juan Cruz. El País, 26-09-2004)

Envío 189

Clasificado bajo: ARTÍCULOS — admin at 10:14 pm on Lunes, Agosto 22, 2005

“[…] Lo he escrito muchas veces: quien lee en verano es porque lee todo el año; quien lee sólo en verano, se aburre miserablemente y deja de leer, porque leer no puede ser una disciplina (eso sería estudiar) sino una fiesta, una afición, un vicio, un pecado, un placer en suma.

[…] Y quitarse de la cabeza de una vez la idea de que las personas que leen son más cultas y más inteligentes que las que no lo hacen. Tan falso es que puedo asegurar que he conocido más cretinos y mentecatos entre lectores que hablan de los libros que leen, que entre gente sensata que lo que le gusta de verdad es cuidar un pequeño jardín en su casa o tener un taller de carpintero aficionado, sin más libros que algún manual de sus aficiones”.

(Francisco Bejarano)

Más en
http://www.diariodecadiz.es/diariodecadiz/articulo.asp?idart=1688633&idcat=727

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